25 abril, 2007

Mandarina


Estaba pelando una mandarina con extrema concentración, intentando dividir su piel en tres trozos lo más parecidos en tamaño, cuando sonaron las primeras notas. No disponía de un piano en casa por lo que en un primer momento pensó que la música provenía del piso de un vecino. Pero el volumen, la nitidez y le sensación de que el impacto de cada tecla iba lentamente ensamblando las piezas de un recuerdo enterrado en lo más profundo de sí mismo lo convencieron enseguida de lo contrario. Se levantó del sofá, tirando al suelo el libro que tenía en el regazo y que ni siquiera se molestó en recoger. Estaba asustado, pero era peor no saber, de forma que avanzó por el pasillo a pasos cortos y apoyándose con una mano en la pared. Le vino a la mente la imagen de una playa vacía con el sol ya bajo y en los brazos notó la reseca pringosidad de la sal seca. El piano estaba sonando en un sitio tan improbable como su minúscula habitación donde se amontonaba la ropa y las bolas arrugadas de papel. Notó que comenzaba a temblar ligeramente. Y justo antes de asomarse al cuarto, en el momento en que el piano repetía las dos mismas teclas con una insistencia cargante y que presagiaba problemas, el rostro de una chica que no había visto antes se presentó dentro de su cabeza como "El Valor sin la Ferocidad" y le animó a no seguir. Dudó. En su mano la mandarina a la que le faltaba sólo un tercio de piel casi simétrica por perder expulsaba su jugo al ser apretada con miedo.