13 octubre, 2005

Lloremos con Houellebecq


Después de la entrevista más marciana de mi vida con Michel Houellebecq -de la que el paralelismo más inmediato que encuentro es una visita a un psiquiátrico para "hablar" con un paciente en pijama sentado en una silla de ruedas, que sostiene un cigarrillo en la comisura de los labios del que le va cayendo la ceniza al regazo, y que tras larguísimos silencios responde con monosílabos o palabras vagas e ininteligibles mientras va acariciando a su perro- he aquí tres extractos de su última novela, La posibilidad de una isla, mezcla de ciencia ficción y tristísima historia de amor, provocadora y salvaje, pero también cargada de reflexiones filosóficas y sociológicas interesantísimas. Me he centrado en su visión fatalista del amor.

"Durante la primera parte de tu vida, no te das cuenta de tu felicidad hasta que la has perdido. Luego llega una edad, una segunda edad, en que sabes, en cuanto empiezas a vivir algo feliz, que acabarás perdiéndolo. Cuando conocía a Belle, comprendí que acababa de entrar en esa segunda edad. Tambieén comprendí que no había llegado todavía a la tercera, la de la auténtica vejez, cuando el hecho de prever la pérdida de la felicidad impide incluso llegar a sentirla.
Para hablar de Belle diré tan sólo, sin exageración ni metáfora, que me devolvió la vida. Con ella viví momentos de intensa felicidad. Puede que fuera la primera vez que tenía ocasión de pronunciar esa frase tan sencilla. Viví momentos de intensa felicidad. Dentro de ella, o un poco al lado; cuando estaba dentro de ella, o un poco antes, o un poco después. El tiempo, en aquella fase, seguía estando presente; había largos ratos en los que ya nada se movía, y luego volvía a caer en un "y luego". Más tarde, unas semanas después de conocernos, esos momentos felices se fusionaron, se reunieron; y mi vida entera en su presencia, bajo su mirada, se convirtió en felicidad".

"Cuando desaparece la sexualidad, lo que aparece es el cuerpo del otro, con su presencia vagamente hostil; los ruidos, los movimientos, los olores; y la presencia misma de ese cuerpo que ya no podemos tocar, ni santificar mediante el contacto, se convierte poco a poco en algo incómodo; desgraciadamente nada de esto es nuevo. La desaparición de la ternura sigue siempre de cerca a la del erotismo. No hay relación depurada, unión superior de las almas ni nada por el estilo que se le parezca, ni que pueda recordarla de forma alusiva. Cuando el amor físico desaparece, todo desaparece; una irritación taciturna, sin profundidad, viene a llenar la sucesión de los días. Y yo me hacía bien pocas ilusiones sobre el amor físico. Juventud, belleza, fuerza: los criterios del amor físico son exactamente los mismo que los del nazismo".

"La única manera de sobrevivir cuando estás realmente enamorado es disimularlo ante la mujer a la que amas, fingir en cualquier circunstancia un ligero desapego. ¡Qué tristeza en esta simple constatación! ¡Qué acusación contra el hombre!... Sin embargo, nunca se me había ocurrido poner en duda esa ley, ni pensar en sustraerme a ella; el amor te vuelve débil, y el más débil de los dos acaba oprimido, torturado y finalmente muerto a manos del otro, que por su parte oprime, tortura y mata sin intentar hacer daño, sin sentir placer alguno por ello, con una total indiferencia; eso es lo que los hombres, por regla general, llaman amor".