31 diciembre, 2012

Diez títulos de este 2012 que me han entusiasmado:


1. "People Who Eat Darkness", de Richard Lloyd Parry. Un electrizante "true crime" en torno a la desaparición y posterior asesinato de una joven ex azafata de British Airways en Tokio en el año 2000.

2. "Pensar el siglo XX", de Tony Judt. Una panorámica interpretación del siglo pasado que supone, a su vez, un razonado llamamiento a recuperar los principios democráticos y la igualdad social.

3. "La liebre con ojos de ámbar", de Edmund de Waal. El coleccionismo como puente para hablar de tragedias familiares, de convulsiones históricas y del alma de las ciudades.

4. "Yoga para los que pasan del yoga", de Geoff Dyer. Una forma adictiva de hacer literatura de viajes donde cabe el apunte erudito, el análisis psicológico y las rachas de ficción.

5. "Miami Blues", de Charles Willeford. Una excéntrica novela negra de los 80 con el detective menos heroico y el psicópata más chiflado que uno pueda imaginarse.

6. "El ángel esmeralda", de Don DeLillo. Los cuentos del maestro, pura sugerencia, cajas negras, concisión formal al servicio de la máxima amplificación de sentido, el otro como misterio indescifrable.

7. "Un forastero en Lolitalandia", de Gregor von Rezzori.  Una recreación del viaje de Humbert Humbert y su nínfula para enfrentar una América mítica con sus despojos.

8. "Los que sueñan el sueño dorado", de Joan Didion. La inteligencia y la poesía estratosféricas de la reportera que rompió las costuras de la crónica.

9. "Muerte en verano", de Benjamin Black. La sublime prosa de Banville puesta al servicio de la descripción de personajes que se acoplan a tramas de una ligereza encantadora.

10. "Cuerpo a cuerpo", de Domènec Font. El cine contemporáneo analizado en función del tratamiento del cuerpo humano.

Bonus tracks: "Victus" de Albert Sánchez Piñol, "Más afuera" de Jonathan Franzen, "Mátalos suavemente" de George V. Higgins, "Frutos extraños" de Leila Guerriero y "This Is Not the End of the Book" de Umberto Eco y Jean-Claude Carrière.

03 septiembre, 2012

Versión íntegra del artículo sobre la correspondencia de Kerouac, Ginsberg y Hunter S. Thmposon publicado este agosto en el suplemento "Cultura/s".


BEATNIKS Y GONZOS


Entre mediados de los años 50 y de los 70 del siglo XX, la paranoia atómica, la lucha por los derechos civiles, Vietnam, el Watergate… provocaron que las placas tectónicas de los Estados Unidos no dejaran de sufrir sacudidas. El periodismo y las letras del país experimentaron una serie de autocombustiones que buscaron a un tiempo socavar los cimientos sociales, proponer un nuevo paradigma cultural, expandir los límites de los géneros de creación y, como toda revolución que se precie, empujar al individuo a cuestionarse la inmovilidad de las leyes que gobernaban su realidad. La política y la publicidad se conjuraban para crear un mundo peor que la escritura podía denunciar y ayudar a resquebrajar. Los viejos modelos no servían, había llegado la hora de jugar a la contra. 
El movimiento trascendentalista de Emerson, Thoreau y Whitman había desbrozado el sendero en el siglo XIX invitando a la búsqueda de una energía cósmica interior por la vía del panteísmo. El mandarín beatnik Jack Kerouac, su íntimo amigo y compañero de viajes siderales Allen Ginsberg y el cronista rabioso Hunter S. Thompson fueron tres de los principales reactores de este furor colectivo por tergiversar el orden. Una reinvención del poder de la palabra de la que participó el surgimiento de ese Nuevo Periodismo que mezcló el dato y el invento y, con un ánimo más sutil, la novela de suburbio, que desmontó la felicidad prefabricada de extrarradio, sin olvidar, por supuesto, a malditos que ululaban por libre como Charles Bukowski o John Fante.
La coincidencia en librerías de El escritor gonzo. Cartas de aprendizaje y madurez, 1955-1976, una selección de las casi 20.000 misivas que Hunter S. Thompson envió a lo largo de su desaforada existencia, y de Cartas, la compulsiva correspondencia que Kerouac y Ginsberg mantuvieron entre 1944 y 1963 se antoja de lo más pertinente en la actual coyuntura de indignación ciudadana, desconcierto, búsqueda de sistemas alternativos y crisis de la prensa. Basta pensar en las resonancias de los títulos más emblemáticos del trío para entender su adecuación al presente de las plazas: En el camino, Aullido y Miedo y asco en Las Vegas (imposible que no se le cruce a uno la imagen del magnate Sheldon Adelson).
En la intimidad del papel timbrado la aureola mítica de todos ellos contrasta con un estado de ruina económica permanente, acumulación de rechazos editoriales, broncas con los agentes y un sinfín de trabajos alimenticios, todo harto más doloroso si uno está seguro de poseer una obra que convulsionará al mundo. Porque, ¿acaso la mera conservación de esta correspondencia no revela la fe de cada uno de ellos en su gloria futura -Thompson escribía sobre papel carbón para tener copia, Kerouac habla de una clasificación perfecta y de un archivador metálico que le facilita su consulta? Y hablando del porvenir, ¿el email imposibilitará recopilaciones de esta naturaleza o la cualidad electrónica de los mensajes fomentará su vuelco en ebooks? Pero abramos un buzón de los de antes, de hierro y llave, para ver qué se contaban estos aventajados hijos de la contracultura.

 

Bilis justiciera

Aunque fueras su jefe en un periódico, su agente literario o su editor, Hunter S. Thompson te iba a regar con apelativos como “sanguijuela”, “subnormal” o “cagatintas”, conseguiría destrozar parte de tu mobiliario, te iba a amenazar con romperte algún hueso y luego pedirte prestado dinero. Pero ese mismo kamikaze deslenguado, loco y suicida se iba a infiltrar en las guaridas de contrabandistas de Aruba, en prostíbulos de Brasil y bandas de moteros de California, iba a departir con vagabundos, hippies, guitarristas, tahúres e inmigrantes ilegales, iba a llegar más lejos que cualquier otro para ofrecerte un reportaje en carne viva, the real thing. En el transcurso de una delirante campaña en 1970 para convertirse en el nuevo sheriff de Pitkin County, Colorado, bajo la bandera del Partido del Poder Freak, el escritor envía una misiva que ilustra un posible censo de sus compañeros de armas: “La suerte está echada. Sólo falta saber cuántos frikis, drogatas, delincuentes, anarquistas, beatniks, cazadores furtivos, sindicalistas revolucionarios, moteros y otros bichos raros saldrán de sus respectivos agujeros para votarme”. Que Thompson perdiera por apenas 400 votos de un total de 25.000 demuestra que no sólo era apreciado por los parias y los outsiders sino que, detrás de su imagen de peligro público aficionado al LSD, la mescalina, el whisky, las armas y los doberman, circulaban argumentos que buscaban de forma sistemática  alertar del daño que se hacía en nombre del sueño americano. Colegas de la talla de Tom Wolfe o William Kennedy veían en él a un genio estrambótico, empeñado en inseminar su cólera en artefactos narrativos que trajeran algo de justicia social.   
Precisamente la distancia entre su asociación póstuma con una malcarada estrella del rock, que empleó la revista Rolling Stone como trampolín para sus excesos, y su intención última de ser un moralista combativo en la estela de George Orwell, Jack London o H.L. Mencken se postula una de los rutas más interesantes que abre la lectura de El escritor gonzo. Las etiquetas de “periodista independiente” o “francotirador de las letras” alcanzan su pleno significado en la figura de Thompson, quien demostró que para encarnarlas uno debía estar dispuesto a pasar hambre, ser desahuciado de su piso, morder la mano que le daba de comer, arriesgarse a que su objeto de estudio lo apalizara –como le ocurrió con Los Ángeles del Infierno-, tener siempre a sus enemigos en el punto de mira –de Nixon, su bestia negra, comenta “era un animal que había que exterminar”- y saber que la realidad es tan grotesca que uno sólo puede aproximarse desde la carcajada irónica –en una entrada con apenas 21 años declara “riámonos del mundo a través de nuestras gafas empañadas por el hongo atómico”.
La correspondencia de Hunter s. Thompson también facilita un acceso privilegiado a la concepción que el padre del gonzo –a raíz de la publicación en la revista Scanlan´s Monthly del reportaje El derby de Kentucky es decadente y depravado en 1970- tenía de esta mutación personalista de los códigos del Nuevo Periodismo. A pesar de que el escritor no consiguió ver publicada su única novela hasta 1988 –Los diarios del ron, motivo de una reciente y descafeinada adaptación cinematográfica de Bruce Robinson-, se veía, antes que nada, como un contador de historias y entendía el periodismo a la manera de un laboratorio de creatividad. De aquí que subrayara que “gonzo es un estilo de “información” basado en la idea de William Faulkner de que la mejor ficción es mucho más verdadera que cualquier tipo de periodismo… cosa que siempre saben los buenos periodistas”.

Desesperado y violento

Muy lejos de la estereotipada visión del autor flotando en un permanente sueño lisérgico, propia de aquel al que apodaban “Billy el Niño con anfetas”, estas cartas dejan de manifiesto hasta qué extremos consideraba fundamental tener en todo momento el control del relato. Respecto a su obra más célebre, Miedo y asco en Las Vegas, confiesa la dificultad que le comportó simular que estaba componiéndolo bajo los efectos de las drogas: “Los directivos de Rolling Stone han creído a pie juntillas en el carácter y detalles del artículo. Están totalmente convencidos de que empleé el dinero para gastos en comprar droga y de que fui a Las Vegas bajo un colocón de órdago. Creo que es mejor no sacarlos del error; impresiona más creer que de aquella pavorosa experiencia salió un artículo como el mío”.

La vida de este animal salvaje que hizo de su máquina de escribir una trinchera, que fue vigilante nocturno en una sauna, que vendió su sangre para echarse algo a la boca, que se ofreció a Lyndon B. Johnson como gobernador de Samoa oriental, que mantuvo una correspondencia sustentada en la admiración mutua con Jimmy Carter, que profetizó la llegada de Reagan a la Casa Blanca, que a un lector de 14 años animaba a “ser un rebelde a tu manera” y a una lectora de 91 le recriminaba haber votado a “ese chorizo cabrón” de Nixon, tuvo puntos de convergencia con los beatniks, sobre los que aseguraba impartir conferencias. A Allen Ginsberg le escribe solicitándole permiso para  incluir su poema “To the Angels” en Los Ángeles del Infierno, advirtiéndole que “estoy a dos velas y desesperado, lo cual significa que no podré pagarte un duro”. Al agente Rod Sterling, artífice de que Viking Press publicara En el camino, le comunica su disconformidad con su decisión de no representarlo como sólo él sabía hacerlo: “Cuando le ponga los ojos encima, pienso aplastarle la cara y esparcir sus dientes por la Quinta Avenida”.


Flores mutuas, gemidos privados

Las cartas entre Jack Kerouac y Allen Ginsberg, por lo general plomizas y serpenteantes, que con frecuencia dan la impresión de haber sido redactadas de manera apresurada y bajo el efecto del mismo tipo de sustancias que pirraban a Hunter, misivas que fluctúan entre la pretenciosidad, el cripticismo, el lamento y el arrebato místico, rinden a su vez testimonio de dos almas casi gemelas, de una amistad rayana en la dependencia, de una alianza creativa entre pares de la palabra revelada, en definitiva, de uno de los cordones umbilicales más resistentes y sui generis que seguramente ha dado la Historia de la Literatura.

En la hemorragia verbal que suponen estas Cartas los pilares de la generación beat se dedican a lamer las heridas del otro, se entregan a la mejora de las obras respectivas sin descuidar irse recordando que son los mejores escritores del mundo, planean un sinfín de proyectos y de encuentros frustrados, cotillean con alevosía sobre los amigos (en especial sobre William Burroughs, el colmo de la pesadez, de quien Anagrama ha recuperado en bolsillo Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, su expiatoria novela a cuatro manos con Kerouac), despotrican contra la América del capital, y hacen proselitimo acerca de las sucesivas vías hacia la verdad que les va asfaltando su colección de credos alternativos.
Kerouac le dio a Ginsberg el título Aullido –del que Sexto Piso ha publicado recientemente una edición ilustrada- y su amigo no sólo se lo dedicó, sino que tras su mítica actuación de 1955 en la Six Gallery de San Francisco, donde lo recitó por vez primera, le escribió que “ me salió con tu método, sonaba a ti, una imitación prácticamente. Qué avanzado estás en esto”. Tras leer la crítica de The New York Times de septiembre de 1957 que convirtió En el camino en un bestseller, Ginsberg le comenta que “casi me eché a llorar, era muy auténtica y elegante, Bueno, ahora no tendrás que tener miedo de existir sólo en mi dedicatoria y tendrás que gemir bajo tu larga sombra”
Porque gemir, gemía mucho Jack, que en esta correspondencia se autorretrata como un ser vulnerable e hipersensible. Alguien que en 1949 escribe “Quiero que me dejen en paz. Quiero sentarme en la hierba. Quiero montar en mi caballo. Quiero follar con una mujer desnuda en la hierba del monte. Quiero pensar. Quiero rezar. Quiero dormir. Quiero mirar las estrellas”. Y que en 1954, tras abrazar el budismo, deja escrito que “ya no deseo nada, ni escribir, ni tener relaciones sexuales, nada, he renunciado, es decir, espero renunciar a todas las malvadas emanaciones de la “vida”.

Huir o versificar el Universo
Pero aún faltaba su involuntaria conversión en un profeta, aquello que irónicamente más anhelaba ser Ginsberg, tras la publicación de En el camino. Un libro con el que en 1949 deseaba “ escribir sobre la generación desquiciada, colocar a la gente en el mapa, realzar su importancia y hacer que todo empiece a cambiar una vez más, como siempre sucede cada veinte años”. Un libro que en 1952 se le antoja a su escudero impublicable puesto que “es tan personal, está tan lleno de lenguaje sensual y de referencias mitológicas nuestras que no sé si algún editor le encontraría sentido”. Un libro escrito en mayo de 1951 con café y no con bendecrina, sobre un papel de dibujo de Bill Cannastra y no sobre un rollo de papel de cebolla de teletipo, dos errores que le hace notar a Ginsberg en relación a su crítica para Village Voice, pese a lo cual el elogio que derrama “es de lo mejor que he visto, naturalmente”. Un rollo de 36 metros de largo y 22 centímetros de ancho que estos días es la estrella de la exposición “Sur la route de Jack Kerouac: L´épopée, de l´écrit a l´écran” en el Musée des Lettres et Manuscrits de París. Y un libro/rollo que en flagrante contradicción con el inconformismo que lo animó, ha acabado convertido en una película de Walter Salles, que tuvo su première mundial en el pasado Festival de Cannes, y del que el sello Penguin ha comercializado un amplio merchandisign que incluye llaveros y termos. Qué habría pensado su padre de esto, un individuo que, tras el advenimiento de la fama le escribe a Ginsberg: “estamos en el comienzo de algo grandioso, abandonemos esto, despreciemos la publicidad, vayamos al subsuelo, emprendamos la búsqueda definitiva de las cuevas del oro (…) que le den por culo al monstruo”.
Sin embargo, el poeta de la meditación y de las enseñanzas mayas, aquel que tiene alucinaciones cósmicas con la voz de William Blake resonándole en los oídos, que anhela escapar del “chato mundo real”, que en cierta ocasión vio más allá de su vida y entendió que debía ir allí, que admite que lo suyo es el “egocentrismo emocional”, no escucha a su amigo, que de forma muy temprana ya lo tildó de “pequeña comadreja que juega a engrandecerse”. Porque lo de Allen Ginsberg es mesianismo y alucinación, es no dejar de pensar en el gran poema destinado a explicar el Universo. Antes que John Lennon hablando de Los Beatles, ya entendió que sólo existía un espejo en el que Jack y él podían mirarse: “La imagen pública en general de los beatniks viene del cine, de Time, de la tele, del Daily News, del Post, etc., para los enrollados es una impostura, para la masa es el mal y para los intelectuales liberales algo desordenado y caótico, pero eso es lo bueno y lo que me gusta por extraño que parezca, que aún somos tan misteriosos para los filisteos que es inevitable que nos malinterpreten, porque ¿cómo va a percibir toda una nación la ilusión de la vida en un año? Y puesto que somos defensores del compañerismo y el satori, ¿cómo se puede esperar que la masa nos comprenda en estos mundos hostiles? La burla es el cumplido inevitable. Fíjate en lo que le pasó al pobre Cristo: lo crucificaron”.
En un combate de boxeo entre el ego de Thompson y el de Ginsberg, sólo podría habido un vencedor a los puntos. Muy lejos del ring, Keroauc estaría contemplando las estrellas desde algún risco, mordisqueando la comida que habría preparado con sus propias manos. Este, aseguraba, era su plan de vida ideal. Antonio Lozano     

El escritor gonzo. Cartas de aprendizaje y madurez, 1955-1976. Hunter S. Thompson. Ediciónd e Douglas Brinkley. Traducción de Antonio-Prometeo Moya. Anagrama. 520 págs. 24,9 euros.

Cartas. Jack Kerouac y Allen Ginsberg. Edición de Bill Morgan y David Stanford. Traducción de Antonio-Prometeo Moya. Anagrama. 589 págs. 24,9 euros.

Aullido. Allen Ginsberg y Eric Drooker (ilustr.). traducción de Rodrigo Olavaria. Sexto Piso. 226 págs. 24,9 euros.

Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques. William S. Burroughs y Jack Kerouac. Traducción de Fernando González. 192 págs. 8 euros.

Los diarios del ron. Bruce Robinson. 2011.

On the road. Walter Salles. 2012.

Sur la route de Jack Kerouac: L´épopée, de l´écrit a l´écran. Musée des Lettres et Manuscrits (del 16 de mayo al 19 de agostod e 2012). 

18 abril, 2012

¡¡¡PENTA ATTACKS!!!




De los creadores de Orson y el bosque de las sombras y El cuerno y el centro de la luna llega otra mini producción de impacto: El 5º caso del mítico detective Penta/ El 5è cas del mític detectiu Penta (Edebé). Un sabueso cuya vida ha estado marcada por el número 5 se enfrenta al mayor desafío de su carrera con una desaparición paranormal. Y si el texto de Antonio Lozano tira para normal, las ilustraciones de Alex Omist son una preciosidad. La prueba la tenéis en su web, aquí: http://alexomist.com/Penta.html. El libro ya está a la venta y, aunque se indica que es ideal para 8 años, no sufráis, casi todos podréis entenderlo.

El 23 de abril The Omist & Lozano Team firmará ejemplares en la FNAC L´Illa entre las 16 y las 17 horas y en la caseta del sello Edebé en las Ramblas (bajando a mano izquierda, frente al Poliorama) entre las 17:30 y las 18:30.

Lo mejor de todo es que a las primeras 50.000 personas que compren un ejemplar se les entregará un bono por el que los autores se comprometen a montarles gratuitamente el próximo mueble zapatero adquirido en Ikea (hasta el año 2035 y excluidos festivos y noches en que el Barça juegue finales). Ojalá podáis acercaros. Besos y abrazos!

The Omist & Lozano Team

14 noviembre, 2011

1Q84. Libro 3. Haruki Murakami.

En tiempos de acelerado consumo cultural, la prerrogativa de dividir una única obra en varias partes parece sólo al alcance de creadores con un sólido fenómeno fan a sus espaldas. Quien pasó dos veces por taquilla para averiguar si la Novia cumplía su venganza contra Bill o para asegurarse que el último acto cinematográfico de Harry Potter había sido respetuoso con su fuente original, no seguía tanto a una historia como a un líder. Al solicitar a sus lectores ese acto de fe que suponía aguardar en vilo unos meses a la espera de una incierta salida a un laberinto de diseño intrincado, Haruki Murakami tomaba plena conciencia de sus status de estrella global y, a la vez, como desafiándolo, secuenciaba una obra arriesgada y críptica que podía dejar por el camino a muchos devotos. Puesto que los tres libros que componen 1Q84 giran en torno a una secta, Vanguardia, cuyo cabecilla es asesinado, resulta tentador afirmar que, a través de ellos, Murakami ha actuado también a la manera de un iluminado que exige a sus fieles que venzan su incredulidad y acepten su palabra revelada. Al ser principalmente conocido por la excepción realista de su carrera, el drama romántico Tokio Blues. Norwegian Wood, y dada su gracia para captar el fluir de las tareas mundanas de sus personajes, puede olvidarse que el escritor japonés demanda del lector que entre en sus universos con idéntica pureza que, pongamos, J.R.R Tolkien en los suyos. 1Q84 se limitaba a subir de golpe varios peldaños el nivel de exigencia y confianza del pacto. Y lo hacía con la aventura paranormal de Aomame y Tengo, compañeros fugaces de colegio que a los diez años conectaban platónicamente al darse la mano, y que dos décadas después se encontraban sin explicación en un mundo alternativo a 1984 con dos lunas flotando en el cielo. El asombro se prolongaba al descubrirse agentes decisivos en una atávica lucha entre el bien y el mal, que los propulsaba a buscarse a ciegas entre una confabulación de fenómenos extraños.

Su perplejidad era espejo de la nuestra y los interrogantes se agolpaban al final de 1Q84. Libros 1 y 2, pero la corriente que nos había arrastrado hasta ahí – una mezcla de misterio, atmósferas perturbadoras, golpes de efecto, personajes estrafalarios, tersa cotidianidad, toques humorísticos…- era demasiado fuerte para detenerse a pensar mucho. Ahora bien, disfrutar del libro 3 dependerá de las expectativas que haya incubado el lector (y de cuan intacta quedara su fe) en este paréntesis reflexivo. Quien confiara en una resolución cartesiana para una novela donde hay unos seres diminutos (la Little People) que salen de la boca de una cabra y tejen una crisálida de aire, y donde una chica se muere de amor y daría su vida por alguien al que de niña apenas rozó los dedos, saldrá magullado, aunque siempre le quedarán momentos para la emoción (el pueblo de los gatos con su trío de enfermeras) o la risa (las visitas del cobrador de la NHK). El que se abandone al sueño obtendrá la recompensa de ver cómo desde la torre de control de la fantasía se contaba con un plan de vuelo (a la manera en que lo exigía Gianni Rodari en los cuentos infantiles).

Dividida en capítulos que van alternando las peripecias de Aomame (que representa la claustrofobia del encierro físico, por cuanto permanece en un piso franco huyendo de la secta, pero también mental al no salir de su bucle de obsesiones), Tengo (que supone, en cambio, el desplazamiento tanto geográfico, por medio de sus visitas a su padre enfermo, como íntimo, al buscar de aquél respuestas a su identidad) y Ushikawa (el detective contratado por Vanguardia para dar con el paradero de la primera), la novela, de ritmo pausado y tono introspectivo, abunda en preguntas retóricas acerca del sentido de la vida, que en ocasiones se perciben como dudas del propio autor sobre su relato en marcha. Al igual que cualquier obra de ficción sugerente y atrevida, existen muchas formas diferentes de interpretarla, y quizás aquí reside su grandeza. Entre ellas, como una pieza metafísica compuesta para tres personajes que, confusos y perdidos, se cuestionan por hacia dónde van, en qué creer y cuánto pueden fiarse de los sentidos. El trío coincide en que vivir es habitar un lugar desconcertante, abstracto y de fronteras difusas en el que hay que armarse de esperanza de cara a superar pruebas. Una definición modélica de lo que supone avanzar por 1Q84. Libro 3. Antonio Lozano (Publicado en "Cultura/s" de La Vanguardia)

09 noviembre, 2011

Sobre "El rey pálido" de David Foster Wallace

Como cualquier genio, David Foster Wallace (DFW) era dueño de una personalidad que, de tan compleja y abarcadora, emitía señales contradictorias, no siempre descifrables. Al tiempo que el mundo quedaba asombrado ante su inteligencia omnisciente y sus infinitos recursos retóricos, hasta encumbrarlo como el paladín del segundo advenimiento del posmodernismo, él se declaraba un escritor tradicionalista y conservador, lamentando la caída de gran parte de la literatura americana de su tiempo en la trampa de la ironía y el cinismo. Su formación en el terreno de la filosofía, con una especial querencia por la lógica y las matemáticas, imbuía su ficción de unos marcados niveles de abstracción y hermetismo, pero él aseguraba que su interés primordial yacía en el carácter y la vida interior de sus personajes. Como cualquier superdotado, su don tenía una cara luminosa, en cuanto suponía un regalo para toda mente que, amiga de los desafíos, estuviera dispuesta a abrirse camino a machetazos por una jungla gramatical llena de tesoros semánticos, y un reverso negativo, el de la facilidad con que uno podía perderse por el camino e incurrir en manipulaciones (por ejemplo, esa conversión de su discurso del Kenyon College en un librito de recetas new age titulado This is Water) o malentendidos (por ejemplo, su coronación como mago del artificio cool) para disimularlo. La decisión de publicar El rey pálido, novela que no sólo dejó incompleta sino deslavazada en fragmentos inconexos y carentes de una hoja clara de ruta, puede verse como la coda a esa incógnita que supuso siempre la distancia entre las intenciones del autor (que confesaba que sólo publicaba uno de cada tres o cuatro trabajos que empezaba y que criticaba duramente la mercantilización de la cultura) y la interpretación de su voluntad. ¿Qué DFW no destruyera tan caótico manuscrito fue una prueba de su deseo de que viera la luz a título póstumo o un documento de capitulación que situaba un fracaso profesional entre los factores que lo condujeron a suicidarse? Ante la duda, ¿debería imponerse el misterioso silencio del muerto o el deseo de ruido del vivo?

Esta ambivalencia se traslada por completo al crítico. Pese a que se intuyen los ingentes esfuerzos del editor Michael Pietsch por unir el amorfo puzzle de cara a tener “la oportunidad de echar un vistazo más a esa mente extraordinaria”, uno duda que semejante provisionalidad hubiese superado el corte de mínimos del autor y, a la luz de la obra en cuyo espejo de ambición y superación debía mirarse, La broma infinita, queda reducida a un borrador cargado de potencialidad al que los grandes destellos no evitan la falta de calcificación del conjunto. Al mismo tiempo, leyéndola se asiste el impagable eclipse resultante de que un tema esencial de DFW, el estudio de individuos prisioneros de sus límites mentales y físicos, coincida con la desestabilización extrema en la propia vida de su creador, que batalla contra sí mismo por sacar adelante un proyecto que quizás albergara en su núcleo un mecanismo de autodestrucción: la imposibilidad de novelizar el aburrimiento letal. El rey pálido pues como novela a su vez antropófaga con su autor y quimérica con su asunto, un doble fenómeno demasiado excepcional para que hubiese quedado restringido a los ojos de los investigadores que se acercaran al Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, donde quedará depositado su legado, o circular sólo por medio de fotocopias clandestinas entre howling fantods (así se autoproclaman los fans más irredentos del escritor). Por otra parte, esto no significa que la mezcla de entrenamiento y adoración de ambos grupos no los convierta en los sherpas más facultados para coronar la cima.

Colocar o no la partitura

En la novela se produce la paradoja que su tronco central, que sigue la cotidianeidad de unos inspectores de Hacienda, deviene con frecuencia irritante, inextricable y, claro está, soporífero, tanto por la naturaleza de su asunto (el tedio que deben combatir), como por su falta de vertebración. Por el contrario, hay apartes sublimes como cuando DFW desmonta las mentiras comunes de la humanidad (el amor preprogramado de los padres vinculado al amor incondicional de Dios, el narcisismo visto a través de los horóscopos..), retrata a tipos detestables, enfermizos o colocados (el contorsionista, el bromista escatológico, la orgía anfetamínica..), observa tras lentes tridimensionales un espacio(el atasco de tráfico y la estructura de la sede de la agencia) o interpreta nuestro día a día bajo el prisma de lenguajes especializados (la familia como empresa con ánimo de lucro). Y, por supuesto, se apuntala el motor último de la ficción fosterwalleciana; interrogarse sobre los límites del lenguaje a la hora de traducir nuestros pensamientos, o cómo deshacer los nudos de símbolos para ir al sentido verdadero.

En su soberbio ensayo “Entrevistas breves con hombres repulsivos: los obsequios difíciles de David Foster Wallace”, contenido en Cambiar de idea (Salamandra), Zadie Smith señala: “No se puede leerlo y comprenderlo y disfrutarlo a semejante velocidad, del mismo modo que yo no puedo cogerle el tranquillo a las Variaciones Goldberg en un fin de semana. Su lector debe verse a sí mismo como un músico que coloca la partitura –el obsequio de la obra- en el atril, que decide tocar (…) Por supuesto, los argumentos que podrían emplearse con respecto a esta clase de lectura son poco razonables, del todo experimentales e imposibles de defender objetivamente. Al final, sólo puede decirse que su propia defensa es el obsequio difícil, y su profundo y gratificante placer es algo que sólo puede conocerse experimentándolo”. Touché.

El rey pálido, en cuanto obra inacabada y ambigua, amplifica el reto, sube las apuestas, dispensa frustraciones extra. Pero, una vez más, el camino puede ser arduo, pero la recompensa es generosa, aunque haya que pasar por encima del autor para recoger una ofrenda que nunca fue tal. Antonio Lozano

Publicado en el número de noviembre de la revista "Qué Leer"


01 octubre, 2011

1. En Ithaca se encuentra el mejor hospital para caballos de Estados Unidos, el cual facilita habitaciones de primera categoría a sus dueños dentro de las mismas instalaciones. La ciudad se siente también orgullosa del biotecnólogo que cultivó una variedad transgénica de tomate muy popular, conocida como "Frankenstein Tomato" y del profesor de 34 años que encontró la manera de que se pudieran enviar fotos desde Marte a la Tierra. No lo está tanto de haber tenido el récord de suicidios en un solo curso académico. En 2010 siete jóvenes se lanzaron al vacío desde uno de los dos puentes que flanquean la Universidad de Cornell. Por ello se han levantado vallas de hierro. A través de una de ellas se divisa el terreno donde se hallaba el laboratorio de Carl Sagan.

2. Escuchar el fluir del agua dentro de un árbol, comunicarse con los cuervos, un aparato que capta la emoción que embarga a un individuo que posee un miembro fantasma , un diccionario implantado en la yema de los dedos que al pasar estos por la página de un libro permite la traducción simultánea de las palabras y un cubo Rubik para ciegos son algunos de los shocks de la exposición "Talk to Me" del MOMA.

27 septiembre, 2011

Robots

Cruzaba la 8º Avenida, camino del segundo tramo de la High Line, cuando captó mi atención un gigantesco brazo mecánico dentro de una pecera completamente blanca. Pensé que se trataba de un reclamo de una empresa de tecnología, pero al levantar la vista descubrí que me hallaba frente a un hotel, llamado Yotel. Entré por curiosidad y lo que me encontré fue un hall aséptico con tres ascensores de acero inoxidable, carteles luminosos electrónicos dando la bienvenida y seis máquinas de pantalla táctil, como las que despliegan las compañías aéreas en los aeropuertos. Una pareja realizaba el check out en una de ellas en ese preciso momento. Acto seguido, se dirigió con sus maletas junto a la cristalera, detrás de la cual dormitaba el inmenso robot, tecleó algo en un ordenador, se abrió una trampilla, depositó su equipaje en una bandeja, se cerró la trampilla. La criatura, que uno situaría en una cadena de montaje de coches, despertó, agarró la bandeja con sus pezuñas negras de fibra de carbono y la depositó dentro de uno de los nichos libres que colgaban a unos tres metros del suelo en la colmena metálica y acorazada que custodiaba. Regresó a su posición de loto y a sus sueños eléctricos.
Cuando algunas horas después y por segunda vez en ese mismo día, una camarera me traía la cuenta antes siquiera de haber podido pedir algo de postre, pensé que no debía haber tanta diferencia respecto a esos restaurantes de Tokio que ya disponen de robots para servir a los clientes. Y cuando al día siguiente, un encadenamiento de errores humanos me hicieron perder mucho tiempo en mi trayecto de Nueva York a Ithaca consideré que la robotización del Sistema se estaba haciendo esperar demasiado. Pero al llegar a una Ithaca que empezaba a oscurecer, a una estación alejada del centro, sintiéndome desorientado e impotente, y venir a mi rescate un chaval con aire de Príncipe de Bel Air para llamarme desde su móvil a un taxi y darme una palmadita en la espalda antes de introducirme en el vehículo, decidí que jamás iría al Yotel y que la próxima vez dejaría un dólar extra de propina a las camareras con carreras en las medias.

30 agosto, 2011

"Fue Nuto quien me dijo que con el tren se va a todas partes, y que cuando terminan las vías comienzan los puertos, que los barcos tienen itinerarios, todo el mundo es una red de rutas y de puertos, un itinerario de gente que viaja, que hace y deshace, y en todas partes hay gente capaz y gente necia" (La luna y las fogatas, Cesare Pavese)

16 junio, 2011

Sobre la belleza


1. "What is the felt experience of cognition at the moment one stands in presence of a beautiful boy or flower or bird? It seems to incite, even to require, the act of replication. Wittgenstsein says that when the eye sees something beautiful, the hand wants to draw it. Beauty brings copies of itself into being. It makes us draw it, take photographs of it, or describe it to other people. Sometimes it gives rise to exact replication and other times to resemblances and still other times to things whose connection to the original site of inspiration is unrecognizable".


2. "The fact that something is perceived as beautiful is bound up with an urge to protect it, or act on its behalf, in a way that appears to be tied up with the perception of lifelikeness. This obervation first emerged in connection with objects that themselves have no bodily sentience, such as painted canvas, but that seem to acquire it, or a mimetic form of it, at the very moment of our regarding them as beautiful".

Extractos de On Beauty And Being Just de Elaine Scarry.

02 junio, 2011

Antònia Font in concert


Portentoso concierto de Antònia Font en el recoleto Teatro Lara de Madrid, aunque sólo cuatro gatos coreamos sus letras tiernas y absurdas repartidas por canciones que podría haber ideado André Breton mientras se aplicaba crema bronceadora en la platja de s´Arenal. El grupo mallorquín activa la imaginación del oyente -te transporta a un iglú, al espacio exterior, al taller de un fabricante de autómatas- lo cual les dota de una cualidad muy literaria, por momentos parecen salidos de un cuento infantil o de la fantasía hipertrofiada de un niño travieso. En cierto modo no son más que eso, niños que mueven de sitio palabras ya formadas en grandes tablones de scrabble para formar mensajes anárquicos y disparatados que con frecuencia generan imágenes hipnóticas. A esto hay que sumar el humor derivado de incorporar a sus canciones elementos simpáticos (un lápiz de Ikea, un pistacho, un tigretón..), que rompen de manera juguetona el mensaje profundo de sus composiciones. Y, por descontado, mucha celebración de la vida. La fiesta dando paso a la nostalgia y viceversa.

Escucharlos erupciona dentro de uno las ganas de ir a ses Illes a tomarse unas olivas y un martini bianco frente al mar, a acercarse en bicicleta a un faro para contemplar la puesta de sol. Antònia Font nace en una isla, se convierte en una isla en el panorama musical español y hace de cada oyente una isla interpretativa de sus canciones, al tiempo que empuja a regresar a una isla para ver cómo se ilumina el pláncton y cantan las ballenas a 30.000 kilómetros de aquí.


26 febrero, 2011

Más saltos neoyorquinos

Se siente un extraño abriendo un cuaderno de notas y escribiendo en él con un bolígrafo en una cafetería cuando al levantar la vista encuentra gente en cada esquina toqueteando sus smart phones. No hay nada malo, y aún menos un atisbo de superioridad, simplemente soprende hacer algo de una forma caduca, que lo acerca a uno más a Voltaire (salvando las distancias) que a sus coetáneos. Por primera vez en mi vida, contemplar mi horrenda caligrafía me procura un placer especial. Ocho horas atrás, tenía frente a mí, colocado sobre un atril de espuma protectora, un ejemplar de la primera edición de "El Gran Gatsby", fechada en 1925, que perteneció a Scott Fitzgerald y en la que uno encuentra anotaciones a lápiz de su puño y letra. La chica a mi derecha repasaba cuentos manuscritos de Salinger y el periodista Xavi Ayén, sentado frente a mí, buceaba de forma apresurada en la correspondencia de Vargas Llosa. Nos hallábamos en el Department of Rare Books and Special Collections de la Firestone Library de la Universidad de Princeton. Silencio con connotaciones espirituales, amplias mesas de madera con la sola presencia de la característica lamparita verde de bibioteca (bolígrafos y papeles propios terminantemente prohibidos), imponentes ventanales verticales por los que se filtraba una luz pálida y, aquí sí, la inevitable sensación de que uno era más sabio mientras permaneciera dentro de los límites de ese confinamiento literario. El trayecto de hora y cuarto en tren entre Penn Station y Princeton Junction permite que el pasaje se sienta transportada a un cuento de Yates o de Cheever o creerse Don Draper de camino a su oficina con minibar de Madison. En el interior de los vagones no parece haber cambiado nada en las últimas décadas. El uniforme apolillado de los revisores que, enfundados en sus ridículas gorritas, atan los billetes perforados en una pestaña de metal sobre los pelados respaldos de los asientos de cuero de color marrón claro, resultan el elemento que contribuye más decisivamente al ensueño. En esos trenes uno no necesita sacar un cuaderno y un bolígrafo para viajar atrás en el tiempo, basta acomodarse.

23 febrero, 2011

Diario neoyorquino (2011)

Nueva York, 22-02-2011


1. Pese a mis reiteradas visitas a la ciudad, nunca había prestado especial atención al desfile de inmensos cementerios que reciben al visitante que cubre por la autopista el trayecto entre JFK y Manhattan. Se antoja una chocante contradicción con lo que mejor define a NY: la energía, el movimiento, el bullicio, el ajetreo, la vida, en definitiva, acelerada, pasada de revoluciones.
Quizás como respuesta a la sensación de que, por mucho que la hayas recorrido y conozcas, NY nunca acaba de acogerte -ciudad que absorbe a todos en su remolino pero que no adopta a nadie- mi tratamiento de choque o ejercicio de descompresión avanzado de cara a integrarme rápidamente en ella consiste en comprarme "The New York Times" y entrar a leerlo en un diner (o, en su defecto, en una cafetería en la que puedas contemplar detrás de amplias cristaleras a los viandantes, encerrados dentro de sí mismos y con expresión hosca, cruzar apresurados las calles rebosantes de bolsas de basura, pisando el asfalto agrietado y minado de baches, y también los edificios rivalizando en verticalidad, como niños de acero y ladrillo buscando marcar con su cocorota una línea invisible en la inconmensurable pared azul del cielo). La combinación del pulido inglés periodístico del diario, el café aguado, el trasiego humano y la arquitectura desafiante provoca que al volver a poner el pie fuera la jungla recuerde más a un bosque.

2.Visita a la Morgan Library, santuario del afán bibliófilo de J.P. Morgan, el magnate de la banca cuya reverenciada figura resultaría incomprensible hoy que los de su gremio son vistos como adláteres de Satán. La biblioteca y su despacho, depositarios de joyas como estatuillas del Antiguo Egipto, una Biblia de Gutenberg o el original de la sinfonía nº 35 de Mozart quitan el aliento porque la ostentación que desprenden no ha borrado del todo la calidez, preservando asimismo un aire de reverencia por la sabiduría. Produce un impacto similar al de esa suntuosa mansión donde se rinde culto al arte que es la Frick Collection: una apestosa cantidad de dinero al servicio del buen gusto.En la segunda planta una exposición sobre diarios personales de Thoreau, Einstein y Charlote Brontë, entre otros, permite confirmar la exacerbación de la duda y la depresión en los genios, al tiempo que evidenciar un elemento que los hermana con la mayoría de los mortales: el despliegue de una horrenda caligrafía.

P.S.: Leo en "TNYT" que en Kabul apenas hay ascensores y que entre estos la mayoría no funciona, lo que tampoco importa puesto que el grueso de la población no los utiliza al desconfiar de su seguridad, lo que no resulta nada risible si tenemos en cuenta que no están obligados a pasar ninguna inspección. No deja de llamarme la atención que esta haya sido la primera noticia que se ha cruzado por delante de mis ojos en NY, seguramente una de las ciudades con un mayor índice de ascensores por cápita del planeta.

04 febrero, 2011

Sobre "1Q84" de Haruki Murakami

Publicado en el suplemento "Cultura/s" el 2 de febrero de 2011.


"Un agujero negro concentra tal cantidad de energía que genera un campo gravitatorio o curvatura del espacio-tiempo que da forma a lo que los científicos denominan “horizonte de sucesos”. Este consiste en una superficie cerrada más allá de la cual ninguna partícula puede salir. Por su capacidad para absorber la atención del lector, por su tratamiento de la insondable oscuridad del ser humano, por su afición a retorcer las leyes de la física y por sus escarceos para empujar los límites narrativos hasta rincones ignotos, 1Q84. Libros 1 y 2 parece querer modelar en términos literarios lo que la idea de un “horizonte de sucesos” sugiere a todos aquellos lectores-soñadores que no están familiarizados con la cosmología. De nuevo Haruki Murakami abre una grieta entre dos mundos por la que se cuelan involuntariamente sus protagonistas para intentar avanzar a tientas del desconcierto al orden, de la oscuridad a la luz, de la incógnita de sí mismos y de su entorno a algún atisbo de sentido, por difuso que sea. Con ello de quien está hablando el autor es de ti, el individuo que abre su novela para aventurarse en lo desconocido, sentirse un Perceval de 17 años o una Doncella de Orléans de 25 a la caza de misterios trascendentes. Unos y otros, criaturas de la imaginación y criaturas de carne y hueso, nunca salen de la historia como entraron, pues leer a Murakami es una experiencia transformadora, es adentrarse en un bosque, bajar a un pozo, pasear por un sueño, cavar una zanja… de cara a resolver conflictos internos. En palabras de Hölderlin: “Donde crece el peligro crece también la salvación”.

1Q84. Libros 1 y 2 se despliega a lo largo de seis meses de 1984 y guiña los dos ojos al clásico de George Orwell -en su título, jugando con la similar pronunciación del número 9 y de la letra Q en japonés, y en la denuncia de los lavados de cerebro- pero el año que puso en marcha sus engranajes fue otro. En enero de 1995 se produjo el terremoto que asoló Kobe, la ciudad natal del escritor y, sólo tres meses después, los atentados con gas sarín en el metro de Tokio. Profundamente conmocionado, Murakami, que llevaba varios años en el extranjero para huir de la celebridad y de un sistema político-social que consideraba opresivo, decidió regresar espoleado por un compromiso moral con su dañado país. Su inmediata reacción profesional fue la publicación de Underground y The Place That Was Promised, libros de entrevistas con algunas de las víctimas del ataque y algunos miembros de la secreta Aum que los perpetró, respectivamente. Al desatarse luego el trauma colectivo del 11-S el autor de Sputnik, mi amor pensó que esa sensación de irrealidad en la que había quedado sumido el planeta tras la emisión en bucle de las imágenes de las Torres Gemelas derrumbándose ya había sido experimentada con anterioridad por los suyos en el 95. Enfrentados a una conspiración de fanáticos capaces de poner en entredicho la realidad misma, los conceptos del bien y el mal se dislocaban y estallaba la duda: ¿dónde queda ahora la ética?

En cierta forma, 1Q84, con su imaginativa, abstracta y enigmática relectura del pulso entre el ying y el yang, supone una búsqueda de posibles respuestas, aunque con la particularidad de emborronar los límites entre ambos polos desde el momento en que uno no puede confiar en la fiabilidad de sus sentidos. Todo esto puede sonar confuso y ambiguo, pero, señores yseñoras, que nadie se sorprenda, estamos ante “un Murakami” mayor y ya se sabe que es un territorio no cartografiable, inasequible al GPS, el mismo por el que con anterioridad han asomado cráneos de unicornio que emiten luz, sapos que anuncian el fin del mundo, clones que suben a una noria, seres sin sombra…

En capítulos alternos 1Q84. Libros 1 y 2 nos cuenta la historia de Aomame y Tengo, ambos de 29 años, quienes tuvieron un extraño momento de intimidad cuando eran compañeros de escuela para jamás volverse a ver, pero que, veinte años después, siguen intrigados por su significado oculto y se sienten unidos de una manera inexplicable. Aomame es profesora de estiramientos musculares en un gimnasio, mientras que Tengo lo es de matemáticas en una academia. En sus ratos libres, ella asesina a hombres que han maltratado a mujeres asestándoles una aguja de fabricación propia en un punto de la nuca. Él escribe novelas que no llegan a publicarse. Son tipos solitarios, melancólicos, rendidos a las inercias, apegados a las rutinas, a la paciente espera de una revelación sobre el otro que quizás nunca llegue. Pero algo ocurre. Unas escaleras en medio de una autovía y la reescritura de una hipnótica novela de una adolescente los transportan de 1984 a 1Q84 (“Q de Question Mark” se nos indica). A partir de aquí penetramos en coordenadas que harán ulular a los seguidores de Fringe, esa serie sobre universos no paralelos sino superpuestos y marcados por sutiles diferencias aunque enfrentados a la mutua destrucción. 1Q84 parece un espejo de 1984, pero en él hay dos lunas, y la policía ha mutado de uniforme y de arma reglamentaria. El mundo ha cambiado de agujas y Aomame y Tengo se han visto convertidos en actores arrojados a un escenario en el que no saben qué papel juegan en el equilibrio de fuerzas entre dos antagonistas sobrenaturales: la Little People y la anti Little People. SIC.

Lo que sigue a partir de aquí, es decir, el esclarecimiento de los designios de los protagonistas, puede explicarse cómo la conjugación de preceptos narrativos de los citados Lewis Carroll (cruza el espejo y encuentra tu camino hasta liquidar al maligno) y Antón P. Chéjov (si en la historia aparece una pistola, en algún momento ha de dispararse) con el objetivo de condenar el abuso físico de las mujeres (en la senda de 2666 de Bolaño y la primera entrega de Millennium de Stieg Larsson) y la anulación del individuo llevado a cabo por los cultos religiosos. Durante el alucinado trayecto, el lector topará con nuevas atracciones de Murakamilandia: bocas de cabras ciegas, crisálidas de aire, un pueblo habitado sólo por gatos, una variante siniestra de Blancanieves y los siete enanitos, un perro que adora las espinacas, una cabaña en el bosque donde la comida permanece siempre humeante, un experto en tallar ratones de madera, un recuerdo erótico imposible, la fusión entre el fin del mundo y una patada en los testículos…

Aviso para el pasaje de este viaje astral: consecuente con los pequeños cliffhangers que el autor disemina con habilidad a lo largo de toda la novela, 1Q84. Libros 1 y 2 es un gigantesco cliffhanger que tendrá próximamente continuación en un Libro 3, amén de rumorearse que en el futuro podría haber un Libro 4 o una precuela. Su compleja mitología con un pie en el romanticismo fatalista y otro en la intriga paranormal remite a la serie televisiva Perdidos de la que Haruki Murakami es fan. Como esta, la multitud de interrogantes que abre y su poder de encantamiento perfilan en su horizonte de sucesos un punto y final que no podrá contentar a todos. Para algunos su responsable se convertirá en uno de esos monarcas que un día escuchó la voz de Dios para luego tener que morir sacrificado. Para otros su creación resonará para siempre como la Sinfonietta de Janácek en los oídos de Aomame. En cualquier caso: To be continued.

17 enero, 2011

La nieve, combustible filosófico


"My late father, who had something good to say about most things, used to console people who complained about bitter cold weather by reminding them of the joys of a hot bowl of soup and a strong drink being made permissible early in the day by extraordinary circumstances. In addition, he claimed that the cold concentrates the mind. The moment we step outdoors, we do what we have to do with uncommon intelligence and dispatch, unlike those folks who can afford to sit in the shade of a Mediterranean or Caribbean island. Once we lie down, time ceases to count and we can meditate on eternity, Cioran believed. History, he said, is the product of people who stand up and get busy (...). With deep winter upon us and the weather growing colder, even the wood smoke out of the neighbours chimneys could be described as philosophizing. I can see it move its lips as it rises, telling the indifferent sky about our loneliness, the torment of our minds and passions which we keep secret fom each other, and the wonder and pain of our mortality and our eventual vanishing form this earth, It´s a kind of deep, cathedral-like quiet that precedes a snowfall. One looks with amazement at the bare trees, the gray daylight making its slow retreat across the bare fields, and inevitably recalls Emily Dickinson poem, in which she speaks of just such a winter afternoon -windless and cold, when an otherworldly light falls and shadows hold their breath- and of the hurt that it gives us for which we can find no scar, only a closer peek inside ourselves where the meaning and all the unanswered questions are" (Fragmento de "Winter´s Philoshophers", Charles Simic, "The New York Review of Books")



23 diciembre, 2010

Berlín Polar

Escapada relámpago para entrevistar a un tipo que primero vivió en una caravana holandesa, ahora en un molino berlinés y próximamente en una granja irlandesa. En su libro Sorry (Premio Frederich Glauser a la mejor novela negra de 2010 en Alemania, Suiza y Austria), el vegetariano, misántropo, neohippy y encantador Zoran Drvenkar, fenómeno germano de la literatura juvenil, ha transformado la necesidad de ser perdonado en el detonante de una carnicería y a ti, incauto lector, te ha reservado el papel de un psicópata.
Esto era sólo un preámbulo para colgar cuatro fotos apresuradas de un níveo Berlín donde reinaban con absoluta impunidad unas temperaturas que sólo podían hacer felices a un oso polar. Me sentí un producto de La Sirena. Luego me cancelaron el vuelo de regreso y descubrí que la rabia puede ser un soberbio anticongelante.










17 diciembre, 2010

TEMA DEL MES "QUÉ LEER" Nº 160

El escritor como trofeo

La obsesión de las publicaciones por ser los primeros y/o los únicos en publicar una entrevista con un escritor está saboteando el periodismo literario. Cuando la exclusiva es más importante que la satisfacción del lector, el modelo “Sálvame” se recorta en el horizonte. texto ANTONIO LOZANO


El periodista acaba de imprimirse los billetes de embarque para la entrevista que tiene al día siguiente cuando le suena el móvil. Es la jefa de prensa comunicándole compungida que no puede viajar. Un colega de la competencia ha puesto el grito en el cielo y ha amenazado con que su medio no publicará nada si tiene compañía.

Una jefa de prensa negocia tres entrevistas con un prestigioso autor, lo que le supone una cansina sucesión de cambios, un tira y afloja en forma de llamadas telefónicas y de emails a varias bandas. En el camino se suma el enfado del escritor, que ha aceptado a regañadientes un encuentro extra con la prensa (sólo quería dos) y el enojo de varios periodistas que han visto denegada su solicitud de una cita. Se hacen las tres entrevistas. Dos se publican y la tercera, la que más costó cerrar, no. ¿Motivo? Porque ya se han publicado las de la competencia.


Un periodista se lee una novela de quinientas páginas deprisa y corriendo porque debe apagar un fuego, prepara el cuestionario, se cita con el escritor, transcribe la cinta, completa el texto, lo envía. Pasan los días y aquella pieza que se encargó como si de su inmediata publicación dependiera el futuro de la cultura europea no da señales de vida. El periodista interroga a los jefes. “Ya está quemada, la dieron los otros, lo siento”. El periodista no cobra el trabajo porque no vio la luz, por lo tanto es varios euros más pobre (no muchos, por desgracia), siente un vacío de quinientas páginas en el estómago y hay una docena de horas de su vida con el mismo valor que un billete de lotería sin premiar.


Un lector se entusiasma con la entrevista a un escritor que aparece en su periódico de confianza. Recorta la página. Acude con ella a la librería. Ya siente en las palmas de las manos el peso del ejemplar e incluso diría que sus neuronas han comenzado a reproducirse a mayor velocidad ante la expectación del alimento intelectual que se avecina. Entonces es cuando le toca al librero el ingrato papel del aguafiestas al tener que comunicarle al cliente que aún faltan algunas semanas para que se edite el libro. El lector abandona entre frustrado y perplejo la librería; él juraría que cuando entrevistan a un actor o a un músico es porque su película o CD ya está disponible; también pondría la mano en el fuego al suponer que una exposición sólo se reseña si ya se ha abierto al público. Tendrá que comprobarlo.


Y tra la lí, tra la lá, en este conjunto de cuentos tenemos a tres periodistas furiosos, dos jefas de prensa amargadas y un lector con un palmo de narices. La única que sonríe ufana por encima de todos es la vanidad del responsable de la publicación que consiguió la exclusiva, que se adelantó al rayo.


El modelo Fórmula 1

Todos los casos reales descritos con anterioridad son el pan de cada día en la selva en que se ha convertido el periodismo literario (sólo puedo hablar por éste), una carrera por llegar antes, que no es por supuesto lo mismo que llegar mejor, y que muchas veces impide siquiera llegar. Uno pensaría que una publicación, sea un diario o una revista, debería ser un servicio público que tuviera como prioridad informar, orientar, asesorar y cultivar al lector. Por el contrario, parece que con demasiada frecuencia actúa movida por la satisfacción corporativa o personal de poder colgarse la medalla de haber dado algo antes que nadie o, mejor aún, de privarle al otro de la satisfacción de darlo. Esta conversión del periodismo en un campeonato de Fórmula 1 parte de la absurda presunción de que el lector de un medio de comunicación lo es también de los de la competencia. No es así, pero incluso si lo fuera, ¿por qué no pensar que la reiteración de un tema permitiría profundizar en él?

Si estuviéramos hablando de quién da el primer paso en destapar el nuevo caso Watergate se entendería el celo profesional, pero la materia prima con la que se trafica es el puro placer lector. ¿No es infantil privar a tu lector de un artículo sobre un autor de su interés porque un individuo que no conoce sí ha podido disfrutarlo en un medio que el tuyo no compra? En un momento en que las redes sociales y los blogs demuestran que lo que más valora el individuo es compartir, en que la recomendación abierta y vírica es la estrella, la fosilización de algunos medios al pretender apropiarse de los contenidos se antoja cavernícola. Cuando menos, la guerra por una entrevista o un avance editorial en exclusiva resulta particularmente ridícula ahora que estamos a un clic de docenas de ellas en todos los idiomas. La capacidad de cada periodista literario para convertirse en un prospector fiable y despertar interés por aquellos títulos que merezcan la pena debería ser la principal regla del juego y no la transformación de los escritores en trofeos. Si no, todos trabajamos de más, todos perdemos. De seguir así, el siguiente paso quizás sea adoptar el modelo de Sálvame y pagar a los autores para que se limiten a conceder entrevistas a las publicaciones que los patrocinen.

02 diciembre, 2010

"Cosas que desaparecen" por Bernardo Atxaga en "El País"

"Cuando no hay más lógica que la económica y solo ella dicta las normas, muchas cosas desaparecen. Desaparece la gente de las ventanas, porque el tiempo que hasta mediados del siglo XX se empleaba para ver pasar a la gente por la calle o para escuchar el canto de un pájaro se necesita ahora para hacer algo provechoso, es decir, para ganar algunos euros, o para preparar un examen, o para solucionar un asunto, o dos asuntos. Desaparece también la conversación, porque, al haber siempre un quehacer, la gente lo deja para otro día, otro sábado, otro verano. Desaparece igualmente la amistad, porque es difícil quedar, porque la gente tiene la agenda rellena. Por la misma razón desaparece la vida familiar. Como decía un tango, la gente llega a casa deshecha por la máquina, sin más gana que la de ver televisión. Además, siempre hay una llamada telefónica pendiente. Apareció un campesino que trabajaba para él, un hombre mayor, y Chillida lo saludó efusivamente. Me pareció que estaba emocionado: "¿Sabes? Yo siempre he querido mucho a mi país. Por eso quiero hacer esto. Será mi aportación, una forma de corresponder". El recuerdo resulta ahora descorazonador. Como dicen los ingleses, ninguna buena acción queda impune.Chillida-Leku era un lugar donde los amigos o la familia podían pasear tranquilamente, contemplando el paisaje y las esculturas y hablando de lo que, en general, no se toma en cuenta. De la ingravidez que el artista confería a la materia, por ejemplo, o del contraste entre la hierba y el hierro, o de la tradición de los herreros y ferrones del País Vasco. Pero, ¿quién podía permitirse el lujo de ir hasta allí y pasar la tarde? Resultaba difícil incluso para la gente de San Sebastián, porque diez kilómetros son diez kilómetros, y treinta esculturas -treinta esculturas abstractas- como ochenta o como cien, porque no puedes mirarlas y exclamar: "¡Una vaca!". Sin esa clase de expansiones, las dos horas que requería la visita daban la impresión de ser 12 o 14. Aunque, en realidad, aunque las dos se quedaran en dos, ¿no era mucho tiempo? Ah, quién pudiera ser vaca, y disfrutar de la bonita tarde o de la bonita mañana, y rumiar, y mugir despreocupadamente.

El caserío de Chillida-Leku se llama Zabalaga. Estuve allí con el escultor cuando todavía estaba en ruinas. Hablamos del "país" y de sus problemas, y de la marcha del arte vasco. Le vi un poco triste, y tuve el impulso de hacerle una confidencia. Había estado aquella semana en una reunión de artistas vanguardistas vascos, y uno de ellos había dicho: "No coincido con Chillida en muchas de sus posturas, pero como artista le admiro profundamente". A esa declaración le habían seguido otras, todas en el mismo sentido. Insistí con vehemencia: no estaba solo, no más de lo que suelen estarlo los verdaderos artistas.

No ha muerto Chillida-Leku por ninguna desidia, ni por la mala cabeza de nadie, sino por un aire que corre y que todo traspasa, por esa lógica económica que nos promete el paraíso y que sin embargo, aún en el mejor de los casos, nos quita lo único importante, el tiempo. Si esta materia preciosa vuelve al mundo, el museo resucitará, y con él muchas cosas maravillosas del pasado, ahora desaparecidas

17 noviembre, 2010

Sukkwan Island


Devastado sale uno de leer "Sukkwan Island" de David Vann. Deberían avisar que uno necesitará una mascarilla de oxígeno para poder ir avanzando. Desde ya en el top de las mejores novelas del año. Pese a que en ella no hay exaltación de la Naturaleza sino que, al contrario, esta es un pozo de brutal indiferencia y castigo, la travesía hacia la locura por los inhóspitos parajes de Alaska del protagonista me ha recordado mi pasaje favorito de Knut Hamsun, aquel en el que el ermitaño teniente Glahn en "Pan" sale a los bosques noruegos a fusionarse con el cosmos:


"La primera noche de hierro. A las nueve se pone el sol. Una lánguida oscuridad se posa sobre la tierra, se ven algunas estrellas, dos horas más tarde se vislumbra el fulgor de la luna. Me voy al bosque con mi escopeta y mi perro, enciendo una hoguera y su resplandor brilla entre los troncos de los pinos. No está helando. La primera noche de hierro, digo. Y me sacude una confusa y exaltada alegría por el momento y por el lugar... ¡Un brindis por vosotros, seres humanos, animales y pájaros, un brindis por la noche solitaria en los bosques! ¡Un brindis por la oscuridad y el murmullo de Dios entre los árboles, por la dulce e ingenua eufonía del silencio junto a mis oídos, por las hojas verdes! ¡Un brindis por ese sonido de vida que escucho, un hocico resoplante en la hierba, un perro husmeando la tierra!".

Mi impulso tras salir con una vida menos de las páginas de "Sukkwan Island" ha sido releer por enésima vez el prodigioso poema de Mark Strand "La Noche, El Porche" en busca de una vuelta a la tierra como sinfonía y no como infierno:

"Mirar fijamente sin ver nada es aprender de memoria
Aquello a lo que se nos arrastrará a todos: protegerse
Del viento es sentir que o inasible se halla en algún lugar
cercano.
Los árboles pueden mecerse o estar quietos. El día o la
noche pueden ser lo que quieran.
Lo que deseamos, más que una estación o el tiempo, es la
comodidad
De ser desconocidos, al menos para nosotros mismos. Ésta
es la dificultad.
Del asunto, que es por lo que ahora mismo parece
que estuviéramos esperando
Algo cuya aparición sería en realidad su desaparición...
El sonido, pongamos, de unas hojas que caen o sólo el de una hoja
O menos. No tiene límite lo que podemos aprender. El
libro de ahí afuera
Nos dice eso y no se escribió pensando en nosotros".

04 noviembre, 2010

Copia certificada


Pocas veces he salido tan traspuesto del cine, tan estimulado intelectualmente y a la vez con la sesibilidad tan tocada en su línea de flotación. Cuánta belleza en la película de Kiarostami, cuánta humanidad, cuánto vértigo, cuánto juego, cuánta poesía. Colosal esa escena del café que provoca una mutación tan sugerente que invita a reflexionar sobre ella durante horas con una botella de vino (no picado) delante. Binoche sostiene unos primeros planos con la magia de un retrato de la escuela flamenca. La Toscana se saborea. A la salida de la sala, algo ha cambiado

dentro de uno.