26 junio, 2009

Mi guante de Michael Jackson


Si fuera un cineasta francés bordaría la filmación de esa característica reunión familiar el día de Navidad frente a una mesa bien surtida, pero en clave de comedia, nada de catarsis tremebundas en las que los hijos echan en cara al padre haber sido siempre un tirano o un hermano degüella verbalmente al otro por haberle traumatizado al ser el ojito derecho de mamá. A mí me bastaría reproducir el momento de bochorno que atravieso cada 25  de diciembre cuando una de mis cuatro primas, envalentonadas por la circulación de bebidas de alta graduación, cumple con la tradición de recordarnos a todos los reunidos uno de los dos lamentables episodios (en el peor de los casos ambos, para que luego digan que no es preciosa la Navidad ) de mi infancia que, pese a su consabida repetición y desgaste, no pierden capacidad de provocar la hilaridad general y sonrosar mis pómulos mientras miro al suelo en busca de una trampilla que, como a Coraline, me conduzca a un mundo paralelo con otros parientes, aunque tengan botones por ojos. El episodio número 1 se resume en mi cándida ingenuidad al creer que el botón rojo del salpicadero del 600 de mi tía permitía que el vehículo volara por los aires -siempre juro que ni por asomo daba crédito a semejante majadería, pero entre nosotros, dudaba más de lo que estoy dispuesto a admitir en público. El episodio número 2 es la réplica del guante blanco de lentejuelas de Michael Jackson que le encargué a mi abuela, un as de hacer punto, confeccionadora oficial de jerséis que picaban como un demonio y que los primos nos íbamos pasando forzosamente, -temerosos en secreto de confundir al Rey Mago en la foto del día de entrega de la carta en El Corte Inglés, si bien por por suerte nunca recibí una Barbie en vez de una pelota. Mi guante tuneado era de lana con bolitas verdes y azules. Se lo agradecí efusivamente a mi adorable abuela, pero en mi fuero interno vi que aquello no había por dónde ponérselo, mi sentido del ridículo tenía un límite, de forma que lo guardé en un cajón.

En ese guante es en lo primero que he pensado hoy al levantarme con la noticia de la muerte de M. J, mi Ídolo Absoluto entre los 8 y los 10 años más o menos -en mi descargo diré que las últimas investigaciones científicas apuntan que el cerebro humano no comienza a soldarse bien hasta los 11 años.  Fue una obsesión lo mío con Jackson y eso que lo nuestro empezó mal, pues lo conocí viendo el vídeo de Thriller en el programa de televisión "Viva 83" que saludaba al nuevo año, y no me dejó pegar ojo del miedo que pasé.  Cuando ya comprendí que no era un zombie (ironías del destino, la cirujía plástica lo acabaría convirtiendo en uno años más tarde), se produjo el flechazo: mi primer walkman murió de extenuación de tanto ponerle el cassette de Thriller, tenía una carpeta con recortes de prensa de él, le escribí una carta a su rancho de Neverland, gasté varias suelas de zapato practicando en mi habitación un Moonwalk que más bien se parecía al movimiento de una avestruz pasada de anfetaminas reculando sobre una alfombra de pescados vivos llevando puestas unas botas de esquí tres números más pequeñas, visioné la peli Moonwalker suficientes veces como para atrofiarme los circuitos neuronales de por vida, coloqué en mi cuarto una figura de cartón de tamaño natural suya... 

La fiebre pasó y con los años no pude dejar de ver el esperpento en que se había convertido su circense vida con cierta pena, al tiempo que mis allegados, claro está, no dejaban de recordarme con sorna que ese fantoche fue en sus días de gloria mi gurú. También lamentaba que la gente se hubiera quedado con el monstruo de feria, olvidando que su paso por los Jackson 5 y sus discos Off the Wall y Thriller marcaron un hito musical y que TODOS habían  movido el esqueleto con fruición en una pista de baile con más de una canción suya. 
Si hubiese guardado ese guante me lo pondría esta noche y, al son de Billie Jean  o Beat it, retomaría mi Moonwalk modelo Robocop con esguince. Seguro que Michael Jackson resucitará esta Navidad con fuerza, pero le propondré a mis primas cambiar las risas por un minuto de silencio.    

05 junio, 2009

Buscando un reno a medianoche


A Helsinki sólo le pedía dos cosas: que me justificara la fama de la sauna finlandesa y que me permitiera emitir un veredicto acerca de la carne de reno. Lo primero fue sencillo. Compartí cubículo abrasador, con gradas de madera y caldera que hace tres siglos que pasó la última inspección, con una docena de cuerpos masculinos sudorosos. Eso sí, apenas aguanté cinco minutos esta hermandad nudista de la gota gorda, allá adentro habían tomado prestado el termostato del infierno Lo mejor fue salir a la calle descalzo y con la toalla a la cintura a disfrutar de la última luz del día, mientras los transeúntes cruzaban con jersey de cuello alto. 

El reno se resistió un poco. El escritor al que fui a entrevistar nos había reservado mesa en un restaurante tradicional, por lo que di por descontado que en la carta habría el plato deseado. Pues resulta que no, ya que -me iluminó el anfitrión- se trata de un manjar caro y poco expandido. Amablemente preguntó a la camarera si conocía algún restaurante donde lo sirvieran. Respondió que estaba convencida que contarían con él en el de la esquina, pues estaba especializado en cocina finlandesa. Al acabar fuimos a verlo, se llamaba Kuu (que significa "vaca", lo que tendría que haber supuesto una señal negativa) y, craso error, tan contentos del hallazgo estábamos todos que no miramos la carta para comprobarlo, de forma que esa misma noche cuando regresé y lo hice, tras una caminata de dos horas desde la otra punta de la ciudad, me llevé el gran chasco. Sufriendo por la hora, ya eran las 9 pasadas, tarde para anudarse la servilleta al cuello en Finlandia, me dirigí a la calle Pelayo de la ciudad (toda urbe tiene una, por desgracia) a probar fortuna y digamos que la tuve a  medias: un restaurante de aroma añejo contaba con la dichosa vianda, pero tenías que pagar ¡42 euros por ella!.
Enfurruñado y vencido me encaminé hacia el hotel con la idea de recurrir al servicio de habitaciones (tiene un toque de lujo para pobres que confieso que me chifla) y hete aquí que al llegar a las puertas veo que el restaurante está animado y una bombilla (de bajo consumo, todo hay que decirlo) se enciende en mi cabecita. ¿Y si...? Pues efectivamente señores y señoras, en la carta trotaba un reno con mi cara a 28 euros por ser yo y hacia dentro que fui.
Mientras esperaba el momento cumbre, vi que los únicos dos comensales de mi zona degustaban en mesas separadas el mismo plato. Pronto fuimos tres. La Cofradía de los Extranjeros Atraídos por la Carne de Reno una Fría Noche Primaveral en Helsinki. Para mi sorpresa el socio de Santa Claus tiene la carne tierna, pero un toque dulzón me llevó a concluir que de tenerla a pedir de boca mi conservador paladar no la reclamaría demasiado.

23 mayo, 2009

Punto de apoyo


Han transcurrido varios meses desde mi último post. El paréntesis ha permanecido abierto tanto tiempo que, si ya antes cada entrada era una piedra lanzada a un pozo muy profundo, cuyo impacto en el agua uno no tenía nada claro si haber oído o no, las que vendrán a partir de ahora se me antojan como gritos que uno emitiera delante de un espejo con la esperanza de que este le devolviera el eco. No importa. Es evidente que este canguro perezoso y tricéfalo nunca ha tenido como razón de ser que sus comunicados encuentren una audiencia. Uno de sus miembros está desaparecido, el otros es intermitente -aunque hay que agradecerle que por lo menos haya velado por las contantes vitales de este blog en la más absoluta soledad- y yo regreso tras una baja propia de una maternidad.

Escribo esto mientras el comandante del vuelo AY709 que cubre la ruta Helsinki-Barcelona comenta a la tripulación que estamos sobrevolando los Alpes. Uno de los motivos de mi desaparición  ha sido precisamente que, durante los últimos meses, al girar la cabeza me he encontrado con frecuencia mirando por una ventanilla a bancos de nubes, cadenas montañosas, formaciones geométricas de color verde y terroso... Berlín, Nueva York, Los Ángeles, Lisboa, Estocolmo, París, Helsinki. Parece como si la única manera de afrontar la multitud de cambios personales y profesionales que han salido a mi encuentro haya sido alejándome del escenario único donde aquellos han acontecido. Por el contrario, si vuelvo a sentirme un marsupial es porque dispongo de nuevo de lo esencial para rendirme al dictado de la gravedad, lo fundamental para anclarme una vez más a la tierra: una mesa de pino. Ahora entiendo que lo que necesitaba era ese punto de apoyo del que hablaba Arquímedes, en este caso una superficie lisa sobre la que proyectar mis ideas, a la que poder tocar para que su solidez me infunda seguridad, un mirador, una pista de despegue, un amarre, una plataforma. En esta mesa, desde la que paso a limpio este texto, que en parte actúa como fe de vida, todo se reinicia, es la bolsa marsupial capaz de contener cuanto pueda imaginar. 

Pd: Próxima entrega "Buscando un reno a medianoche".

04 mayo, 2009

Stalking Lorenzo

Hace muchos, muchos años alguien me regaló un libro de Lorenzo Silva. O me lo compré, vaya usted a saber. Creo que era “El alquimista impaciente”, premio Nadal 2000 y el segundo (en orden cronológico) de la serie de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. De ahí pasé a “El lejano país de los estanques” (el primero de la serie), “La flaqueza del bolchevique”, “El nombre de los nuestros” y “La niebla y la doncella” (tercero de la serie), “El déspota adolescente”, “Carta blanca”, “Nadie vale más que otro”, “Líneas de sombra” y, finalmente, “La reina sin espejo”, el cuarto y último (de momento) libro de la saga sobre la pareja de picoletos más concienzuda de España. Al llegar a “La reina sin espejo”, convertida ya en fan despendolada de Silva, un amigo canguro me ofreció la oportunidad de entrevistar a Silva para QL, ofrecimiento que aún no le he agradecido bastante y que me permitió tener ante mí, en carne y huesos, al mismísimo Lorenzo Silva, tan amable, decente y estupendo como yo lo imaginaba, y hasta un poquitín más guapo de lo que sugerían las fotos de solapa. Aquello, que yo interpreté como el mayor logro de mi carrera periodística (en realidad mi carrera periodística nunca apuntó demasiado alto), fue además el inicio de un particular caso de acoso sin querer. Porque ese día empecé a acosar al pobre Lorenzo Silva. Sin querer, insisto. Bueno, la segunda vez que le vi sí fue queriendo: le pedí que me firmara un libro en el siguiente Sant Jordi, cual fan común y corriente. Tuvo la amabilidad de reconocerme y de felicitarme por la entrevista (encantador, este hombre). Hasta me llevé a mi hermana, en plan acoso familiar. Mi pasión por su obra disminuyó luego un poco. También él bajó un poco el ritmo de publicación, diría.



Luego, hace como un año, volví a encontrármelo. Yo acompañaba, en plan mindundi de prensa, a un autor canadiense de visita en Madrid y él era uno de los invitados a una comida en su honor que tuvo lugar en un restaurante en el que mis tejanos deslucían muchísimo. Me dio vergüenza preguntarle si se acordaba de mí, así que me mimeticé con el mantel hasta los postres, en los que me atreví a sacar el tema. Y resulta que se acordaba, porque es muy majo. E imprudente. Unos meses después se celebró en Barcelona la concesión del premio de la editorial en la que trabajo/trabajaba (esa cuestión es algo confusa ahora mismo) y allí estaba él de nuevo. Menos esconderme tras una planta lo intenté todo para no encontrármelo y obligarle a ser amable, pero fallé: me vio, me saludó y hasta me reprochó que no hubiera ido a decirle algo. Yo me puse de color granate corporativo y acto seguido me fundí con el suelo. Pero lo mejor viene ahora: hace unas pocas semanas que sé que voy a trabajar en la editorial en la que publica Silva. Pura casualidad, lo juro. El día en que bajé a saludar a mis nuevos compañeros Silva estaba hablando con el editor. Al verle salir del despacho y en una nueva demostración de madurez, saludé vagamente al aire y luego me concentré en las manchas de la moqueta. El editor me comentó luego encantado que Silva le había dicho que me conocía. Y yo pensé: claro que me conoce. Está ahora mismo instalando alarmas en su casa de lo que me conoce. Soy su personal stalker. Por cierto, Lozzy, sigue en mi estante el marquito con la foto de Silva y Umberto Eco que me regalaste. Prepárese, señor Eco, lo próximo es que me den una beca para Bolonia.

22 febrero, 2009

Instrucciones para subir en el autobús de las 8.30

1.- Dúchate antes de salir de casa. Estás a punto de levantar el brazo a pocos milímetros de las narices de personas que no conoces de nada, así que comprueba que tienes desodorante en casa.

2.- Saluda al conductor. No cuesta nada y a ellos les hace felices, lo que hará que recuerden parar en tu parada aunque en el vehículo no quepa ni una aguja.

3.- Lleva el billete en la mano. Evita los atascos frente a la máquina canceladora e innecesarios momentos de pánico.

4.- Dirígete hacia el fondo del autobús. Siempre hacia el fondo. Más hacia el fondo. El pasillo no es el fondo. Si te quedas ahí en medio formarás un tapón y te odiaré.

5.- Ocupa el mínimo espacio posible. Lo que significa que si llevas un carrito con un niño pequeño espera a que sean las 10 para coger el autobús o arriésgate a recibir una buena cantidad de miradas soñolientamente hostiles.

6.- Rehúye los asientos vacíos. Son un espejismo. En cuanto te sientes tendrás que levantarte para cedérselo a a) una ancianita b) una madre lactante c) una embarazada d) un chico con muletas. Tan cierto como las estaciones.

7.- Limítate a las distracciones silenciosas. Escuchar música está bien, siempre que sea a través de auriculares. Un libro es la mejor opción, siempre que no sea tamaño mesita de té y pueda sobrevivir con dignidad al escrutinio al que lo someterá el tipo que tienes a tu derecha.

8.- Cuando llegue el momento de bajar, dirígete con suficiente antelación a la salida. Señaliza tu intención de bajar cual hidroavión y pregunta al viajero que tienes delante si tiene intención de facilitarte la salida (a veces esa intención es más que dudosa).

9.- Si te levantas para bajar, baja. Si de repente te das cuenta de que aquella no era tu parada, no te quedes quieto como una roca en medio de un río de gente. Pégate a la pared, baja con los demás o cuélgate del techo. Lo que quieras, pero aparta del medio.

Próximo capítulo: Viajar en metro, esa aventura. Cuando los guiris no se dan cuenta de que el pip pip pip significa que las puertas están a punto de cerrar y de que su calmosa salida al exterior va a hacerte llegar tarde al trabajo.

13 febrero, 2009

Coses que fer a Londres quan perds un avió (i abans)


1) Gaudir d' "Oliver", extraordinària adaptació del musical de Lionel Bart sobre la novela de Dickens amb en Rowan Atkinson fent de Fagin. Quin muntatge, quin inici (una cinquantena de nanos en una coreografia perfecta), quins actors, quins decorats, quin gust!

2) Veure un partit de futbol (i si és del Barça, millor que millor) en un pub. Tot i que no et deixin fumar... Per cert, què macos el cambrer amb pinta de Danny Boyle desmillorat i el client marsellés amb afició a la xocolata del riure.

3) Anar consolidant la idea que Spitafields mola més, mooolt més, que Camden.

4) Flipar amb els esquirols dels parcs, i encara més amb els dels patis de les cases. I amb els gats parxejats també.

5) Descobrir l'habilitat de les angleses per pintar-se els ulls dominant els moviments sobtats del metro.

6) Adonar-te que a Stoke Newington hi ha la taxa de natalitat més elevada d'Europa. Proveu de comptar la quantitat de cotxets de nadó que us creuareu en una estoneta...

7) No refiar-se de l'etiqueta d'Expres del Stamsted Expres. Probablement perdreu l'avió i els encantadors treballadors d'Easy Jet es rentaran les mans, què macos, ells...


Després de perdre l'avió i emprenyar-se com una mona, res millor que marxar a sopar a un restaurant car(íssim). Això si, ens conviden (em sembla que sense voler) a un plat de sashimi gens barat.

(Clonc)

- Atención al cliente de MoviStar, ¿en qué puedo ayudarle?
- Hola, llamaba porque quiero dejar de recibir sms de publicidad.
- Bueno, llamando aquí sólo podrá dejar de recibir los de MoviStar, no los de otras compañías…
- Sólo recibo de MoviStar.
- ¿Está segura?
- Sí, muy segura.
- A ver, dígame su número de teléfono y DNI.
- El teléfono es el XXXXXXXX. Pero la línea está a nombre de mi madre, así que mi DNI no creo que te sirva.
- De acuerdo, señora Clavería…
- Esa es mi madre.
- ¿Cuál es su nombre?
- Ana. Pero, por favor, no me llames doña Ana.
- De acuerdo, doñ… señorita Ana. Le voy a explicar. Existen tres vías para solicitar dejar de recibir publicidad por sms: una es enviando una carta, otra por teléfono y otra por Internet. ¿De cuál quiere que le hable?
- Explícame teléfono e Internet.
- Si lo hace por teléfono tiene que llamar al 4407 e introducir los 17 números de su tarjeta sim y…
- Sólo me pide los cinco últimos.
- ¿Me deja explicárselo hasta el final? Pone todos los números de la tarjeta sim. Si su tarjeta sim tiene sólo 13 números tiene que añadir delante 893407.
- Pero sólo me pide los cinco últimos números.
- Eso es que lo ha hecho mal.
- No, es lo que dice el contestador. Sólo los cinco últimos. Pero cuando los pongo me dice “operación errónea”.
- Puede que hayan cambiado el sistema. Vuelva a intentarlo en unos minutos, quizá la línea tenga algún tipo de sobrecarga.
- A todo esto, lo que no entiendo es que yo ya hice toda esa operación hace unos meses y he seguido recibiendo sms publicitarios.
- Eso es que lo hizo mal. Si lo hubiera hecho bien habría dejado de recibirlos.
- Pues me pasé un buen rato contestando a preguntas-trampa sobre si quería o no quería seguir recibiendo publicidad de MoviStar.
- Le repito: ¿seguro que la publicidad que recibe es de Telefónica?
- Sí. Muy seguro.
- Pues entonces es que no realizó bien el proceso.
- Genial. Pues volveré a hacerlo otra vez desde el principio.
- Señorita Ana, permítame informarle que durante este mes y sólo por 1,10 más podrá disfrutar del doble de velocidad de ADSL.
- (Clonc)

20 enero, 2009

FSF


La excelente "El curioso caso de Benjamin Button" (el relato corto de amor fugaz con Tilda Swinton y el pasaje "vivíamos en ese colchón" me humedecieron los ojos) me llevan de nuevo a Scott Fitzgerald y me doy cuenta que supo hallar como nadie las palabras que hacen tintinear mi sensibilidad. Ya mencioné en su día que el arranque de "El Gran Gatsby" me parece una delicia, mas solo una relectura reciente de la novela me hizo darme cuenta que el cierre está a la altura: "Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado".

Pienso que si tuviera que escoger a un Cyrano que me echara una mano en mis conquistas amorosas más osadas recurriría a FSG, capaz de líneas de oro puro como estas, extraídas de "Suave es la noche":


"Piensa en cuánto me quieres. No te voy a pedir que me quieras siempre como ahora, pero sí te pido que lo recuerdes. Pase lo que pase siempre quedará en mí algo de lo que soy esta noche".


12 enero, 2009

Comparativa Suiza-Bélgica

Su neutralidad en los conflictos bélicos redujo la aportación de Suiza al libro de la historia a una nota a pie de página llamada reloj de cuco. La discreción de Bélgica nos ha reportado una cesta de placeres gastronómicos que se compone de chocolate, mejillones, cerveza, gofres y patatas fritas.

La precisión del reloj suizo encuentra en la celosa e inexpugnable banca suiza el complemento que refleja el espíritu perfeccionista y milimetrado del país helvético.

La gozosa ganancia calórica que suministran los tradicionales alimentos belgas tiene en el aventurero y simpático corpus de cómics nacionales -Tintin, Lucky Luke, los Pitufos...- su espejo lúdico.

La pena de Bélgica es que secunda el rechazo a la Segunda Guerra del Golfo junto a Francia y Alemaniam, pero la prensa internacional la excluye de la noticia, aunque quizás es peor que se sobreentienda tu oposición y ni siquiera piensen en ti, caso de Suiza.

El monstruo durmiente de Suiza fue dar refugio al oro nazi manchado de sangre, mientras que el de Bélgica fue el caso de pederastia más atroz jamás revelado. Ambas vergüenzas pueden verse como la potenciación del reverso perturbador de las excelencias patrias: el secretismo, el orden y el celo suizo por encima de la moral, y el desfrute y pasatiempo belga barriendo con cualquier rastro de humanidad.

Una cicatriz en una piel de porcelana simepre provoca un estemecimiento más helador.

22 diciembre, 2008


Siempre tengo los pies y las manos frías, me suena a rasgo propio de vampiros, pero si lo fuera, sería un especimen diurno, que se alimenta no de sangre fresca sino de pasta fresca. En las últimas semanas he descubierto que madurar no es tener hijos sino hacer cola en el INEM. Mi postal de estas navidades para todos vosotros es esta foto, mi mayor proeza atlética del 2008, los 11 kms de la Cursa de la Barceloneta. Lo que pudiera tener esta imagen de vanidoso triunfalismo queda de inmediato compensado por el ridículo tocado. Al correr, ¿huyo de mí o voy a mi encuentro? Seguiré corriendo en el 2009 para intentar dar caza a la respuesta. El pie de foto es este extracto de "Retorno a Brideshead" de Evelyn Waugh "Mientras aún conservaba las fuerzas, me proponía visitar las tierras salvajes donde los soldados han abandonado sus guarniciones y la selva va recuperando sus antiguas fortalezas".

14 diciembre, 2008

El descubrimiento del año


No es la cura del cáncer ni la vacuna contra la sida ni el antídoto contra las multinacionales apestosas... pero CASI compensa por no tener ninguna de esas cosas. Es Etsy, una página web de las que hay que ver para creer. Miles y miles y miles de objetos hechos a mano por artesanos de todo el mundo puestos a la venta para goce y disfrute del personal. Hay ropa, collares, bolsos, cuadros, imanes, pendientes, cojines... Tantos como para pasar el resto de las Navidades buceando en sus páginas. Todo a un precio bastante razonable y con unos costes de envío también asumibles. Y como sé que no son precisamente millones las lectoras femeninas de este blog, pongo tres enlaces que prueban que la artesanía no es sólo para niñas de 10 años con lacitos: las fundas de fieltro para Nintendo DS con forma de Game Boy, los imanes de Pacman y las camisetas frikis de Lost. Un genial sistema de categorías permite además buscar cualquier objeto por casi cualquier criterio. Lo dicho, la página del año.

27 noviembre, 2008

Una imatge val més, molt més...


Frase extreta d'una entrevista a la noia de la foto...


"Me gusta la idea de que un hombre pague por ver sus películas, porque paga para sentir placer. Cuando actúo es como si entrara en trance, hago cosas que no haría normalmente, y no siento frío, ni aunque esté desnuda..."

Ejem...


20 noviembre, 2008

Com ser enfadon i no morir en l'intent


Sentia l'altre dia per la  ràdio... "Bernd Schuster es un borde, siempre está enfadado" i, de forma inconscient, em sortia una solidaritat estranya, una empatia de dubtós origen, una entente cordiale. Deu ser per l'etiqueta aquella que em va penjar un barbut company de feina: "ets un enfadon".


Ho he buscat al diccionari. "Enfadon". I no ho he trobat. Però fent recerques, coses del google, vaig anar a parar a la web d'una revista escolar de l'Alta Ribagorça; directament a un article sobre uns follets de plastilina. N'hi havia tres: Sabelotodo, Llorón i Enfadón. I els nens els definien.

Encuriosit per com un marrec podria parlar d'un enfadon, vaig anar-hi directe. Us reprodueixo la seva definició: "El duende Enfadón es grande y gruñón. Aparece cuando nos enfadamos como cuando te molestan o cuando te están chinchando. Necesita o quiere desahogarse y nos podemos hacer amigos escuchándole o dejándolo tranquilo para que se calme porque a nadie le gustaría estar siempre enfadado, claro".

Aparentment innòcua, la definició té la seva miga. L'enfadon és grunyon... però apareix quan el molesten, quan li toquen el voraviu. No és el seu estatus natural, perquè a ningú li agrada estar enfadat sempre, i si el deixes tranquil, es calma. No puc dir que no m'identifiqui: com bé diuen els peques, l'enfadon és enfadon quan té raons per ser-ho.

Potser en Schuster i jo formem part d'una comunitat que ha de buscar el seu espai i el respecte alié. Els enfadons també som persones, amb el nostre cor i els nostres sentiments. Potser som enfadons, però posats a triar... millor enfadon que sabelotodo o lloron, no?

19 noviembre, 2008

Work Nº 850


Esperando frente a las taquillas de la Tate Britain, veo cruzar por delante de mí a un atleta sudoroso. Lo primero que pienso es que ha entrado en el museo a refrescarse. Al cabo de medio minuto aparece otro. O son amigos, o miembros de la hermandad "El chándal también es arte" o la casualidad está cargada de electricidad estática esta tarde. Cuando por la curva veo surgir a un tercero, mis sorprendentemente felinas conexiones neuronales hacen clic y deducen un patrón, sospechan que algo está pasando. En efecto. Concretamente soy testigo de Work Nº 850, una instalación? performance? exposición? sandez? genialidad? de Martin Creed, controvertido ganador de un Turner Prize por una bombilla que se limitaba a cumplir con las dos funciones básicas que se le sobreentienden, apagarse y encenderse (precisamente los finalistas de la edición de este año del premio se muestran en este momento en la Tate, conduciendo hasta su máxima potencialidad el concepto de tomadura de pelo). Work Nº 850 significa que, entre las 10 de la mañana y las 6 de la tarde, a intérvalos de 30 segundos, y a razón de unos honorarios de 10 libras la hora,  medio centenar de atletas atraviesan como una flecha los 86 metros de que consta la galería de estatuas neoclásicas del centro. La idea es que lo hagan al límite de su velocidad, como si la vida les fuera en ello, a riesgo de colisionar con los desprevenidos visitantes.

Creed concibió su obra cuando tuvo que visitar a la carrera las catacumbas de los monjes capuccinni de Palermo por haber llegado cinco minutos antes del cierre. Con ella el artista rompe diversas premisas referentes a al conducta que uno adopta en el museo, caso del hieratismo, el silencio, la concentración, la distancia y al duración implícitas en el acto de relacionarnos con los anfitriones de una pinacoteca."Pensé, ¿por qué hemos de detenernos durante mucho tiempo frente a ellos? ¿Por qué no mirarlos durante un segundo? En ocasiones me siento demasiado autoconsciente de la experiencia misma de contemplar arte.  Me resulta determinante que no haya un cordón entre el corredor y el público. El arte no debería constar de un marco que te separa de él" ha declarado.
Debo confesar ya que Work Nº 850 me entusiasmó tanto en la plasmación física como en su coartada teórica. Respecto a la primera, hizo trizas mi reserva a las veleidades (pos)posmodernas, lo reconocí instintivamente como una obra de arte total, entendía a Marinetti cuando comparó a la Vittoria di Samotracia con una locomotora. La visión de los apolíneos cuerpos en un escenario neoclásico me transportaron a la Antigüedad, al tiempo que la cinética hacía estallar bellamente la condición sepulcral del recinto. Cada corredor era un vector afilado que realizaba un corte seco en la atmósfera sagrada, ceremoniosa y cargada de connotaciones intelectuales. En el plano de las ideas, la invitación de Creed a devorar el arte a golpe de zapatilla deportiva me hizo replantearme mi tendencia a acampar frente a los cuadros (cuánto tiempo se necesita para interiorizar un cuadro que nos sacude siempre ha sido una cuestión que me ha provocado quebraderos de cabeza). Hasta hoy, la propuesta museística que más me había seducido era la de Umberto Eco de que cada cuadro de mérito necesitaría su propio centro, donde se mostraría su inspiración, su evolución, sus referentes, su impacto... Gracias a Work Nº 850 ahora se le añade la de incorporar elementos distorsionadores que fa
fracturen las convenciones y las expectativas de una visita al museo. Debuto con la siguiente propuesta: convertirlo en una piscina y colocar los cuadros en el techo para disfrutarlos haciendo espalda, sobre un kayak, una tabla de surf...


18 noviembre, 2008

The Comeback

Entre la manca d'inspiració i la vagància compulsiva, entre l'escassa disciplina i les excuses diverses, he estat absent d'aquesta finestra canguril massa temps. Faig, doncs, un exercici d'humilitat, demano disculpes als meus companys marsupials, als seguidors fidels que ens comenten i a les dotzenes i milers de lectors silenciosos.


I prometo solemnement un canvi d'actitud, un intent de millora, una voluntat de redempció. Torno. Com Rocky Balboa, com John McClane, com Indiana Jones, com John Rambo. Espero que amb millors resultats...

07 noviembre, 2008

Palabras comodín

Vivimos instalados en automatismos, en frases hechas, códigos de conducta en leasing, reflexiones plagiadas, gustos ajenos, tópicos monstruosos, tal y como me apuntó Salvador Pániker en una de las entrevistas más interesantes de mi carrera "escuchando música prestada", ese mismo Pániker que, tan sabio como es, comenta que necesitó llevar muchos años escribiendo su diario para empezar a reflejar en ellos algo de lo que de verdad pensaba y sentía, pues son tantas y tan gruesas las capas y más capas de ropa que no es nuestra con la que nos abrigamos desde que despertamos hasta que nos acostamos. 

De aquí que me irriten profundamente las frases hechas y esas palabras comodín como "rollo" o "brutal" que revelan una pereza inmarcesible, un coágulo al provechoso ejercicio mental que siempre supone buscar el modo exacto de expresar las cosas. Sólo hay un vicio que lo supera en capacidad atrófica: coger el ascensor para ahorrarse uno o dos pisos de escalera. Deberían multar a los que lo hacen prohibiéndoles decir, por lo menos durante una semana, "chulo" o "guay".

28 octubre, 2008

Reino Animal

Clasificación del reino animal según una enciclopedia china imaginada por Jorge Luis Borges:


- Pertenecientes al emperador
- Embalsamados
- Domesticados
- Cochinillos
- Sirenas
- Fabulosos
- Incluidos en la presente clasificación
- Que se agitan como locos
- Innombrables
- Dibujados con un pincel muy fino de pelos de camello
- Que acaban de romper el cántaro
- Que de lejos parecen moscas
 
La lista me provoca las siguientes reacciones.

1. Un asombro y una admiración que me lleva a pensar que está a la altura de un poema redondo.
 
2. Que me gustaría resultar una combinación de la sexta y la octava.

3. Que lamentablemente estoy más cerca de la tercera y la onceava.

4. Que mi entorno me percibe cerca de la primera si me conoce un poco y de la cuarta si no aspira a hacerlo.

5. Que lo verdaderamente bonito sería pertenecer a la décima.

6. Que la segunda y la quinta son las que me producen mayor angustia.

7. Que se pueden añadir de inmediato algunas categorías más:

- Extinguidos
- Soñados
- Sorteadores de trampas
- Musicales
- Daltónicos
- Ideales para la reproducción a escala en llaveros
- Ídem en señales de tráfico
- Incomestibles
- Instantáneamente adoptables
- Que te recuerdan a alguien




21 octubre, 2008

Park Hyatt Tokio


Bar en la planta 42 del Hyatt Park de Tokio, tercer protagonista de "Lost in translation". Llamadme mitómano y acertaréis. Junto a mi mesa con velita protegida por una pantalla de papel de arroz se levanta un enorme ventanal desde el que se despliegan unas sobrecogedoras vistas nocturnas de Tokio. El panorama provoca tal afasia que viene a ser a una megalópolis lo que el Cañón del Colorado a una formación de la Naturaleza. Los rascacielos iluminados parecen comunicarse entre sí lanzándose mensajes en morse a través de las tilitantes luces rojas que los coronan y que, en verdad, son guiños de advertencia, bellas señales disuasorias dirigidas a los pájaros de hierro que los sobrevuelan.  Repasando mentalmente otras vistas urbanas que me han impactado, como las de Hong Kong desde el Hotel Peninsula o las del skyline de Manhattan andando por el puente de Brooklyn, me doy cuenta una vez más de lo afortunado que he sido en la vida. 

De la carta me sorprende la inclusión de pan con tomate con aceite de oliva y ajo. No puedo resistirme. Como intuía, es una deconstrucción líquida y minúscula de la que Ferran Adrià se sentiría orgulloso. Lo segundo que logra desclavar mis ojos de la hipnótica alineación vertical de acero y luz eléctrica es el posavasos, que muestra a un niño con una máscara veneciana y un sombrero de papel. Me lo meto en el bolsillo. Necesito un nombre japonés de mujer para una historia y le pregunto el suyo a la frágil y sonriente camarera que me sirve. Me lo escribe amablemente en un papel en caracteres japoneses y occidentales. Solo puedo reproducir los segundos: Kanako Kinoshita. 
En el ascensor de camino a la planta 57 pienso en los motivos por los que me fascina la mujer japonesa (la bonita, obviamente, como en todas partes las hay que provocan pavor): esa delicadeza de rasgos y gestos, la línea del horizonte que dibujan al amusgar los ojos, esa fragilidad ósea, esos cuerpos plancha, modelo alambre que estalla contra los principios elementales del gusto mediterráneo, léase la voluptuosidad y la curva. 
Nuevas vistas más impresionantes si cabe, esta vez con el acompañamiento del melos timbre de una cantante melódica. Me asignan un sitio en una mesa larga de mármol, la misma en la que, a escasos metros a mi derecha, se sentaba un achispado Bill Murray quien, con la pajarita descolocada, le sugería a Scarlett Johansson una de las locuras irrealizables más deliciosas de la historia del cine: un plan de fuga de la realidad que los llevara a fundar un grupo de jazz (también traducible por "depositemos en la atracción que sentimos el sueño de abandonar nuestras insatisfechas vidas").
En estos momentos me siento dichoso pero, de forma paradójica, la buena fortuna inquieta porque, al no conocer los motivos por los que le señala a uno en vez de a otro, eres consciente de que tan caprichosamente llega como se va. Si sumamos a esto un absurdo sentido de la culpabilidad -tamaño bolsillo del que corroe a los supervivientes de un accidente masivo- por momentos la suerte, en vez de bendecir, asusta. Al mismo tiempo (paradoja sobre la paradoja) consigue reforzar la mayor lección vital: Ahora es el momento.
Me tomo un dulcísimo Bellini. Adoro los cocktails, me parecen una de las más convincentes  aspiraciones humanas a la perfección: una creación sabrosa y sofisticada que consigue desinhibir con un toque de clase. Además, por principio, si estás tomándote un cocktail es que estás esculpiendo un rato feliz, seguramente en buena compañía, ahuyentando las penas y ralentizando el tiempo. Nada malo puede ocurrirte mientras te llevas a los labios un cocktail. En esto se parecen a los hoteles de lujo como este, territorio amigo, casa de todos y lugar de nadie. Me chiflan pues constituyen un entorno a la vez protector e irreal, donde sentirse seguro y parte de una fantasía. Allá donde viaje procuro pernoctar en ellos o, cuanto menos, visitarlos, aunque sólo sea para degustar un cocktail. Apuesto a que en una de las suites del Park Hyatt mis cenizas reposarían eternamente agradecidas. En especial de noche, mirando hacia afuera, a las parpadeantes luces encarnadas de los rascacielos de Tokio. 

14 octubre, 2008

Desahogo mensual

Hay algo de nuestro contrato de alquiler que no entiendo.

Pagamos más de 600 euros mensuales de alquiler por un piso situado en la tercera planta de una finca construida hace más de 70 años, que no tiene ascensor y que nadie pinta desde la guerra civil. El piso no está mal y últimamente hasta nos oímos decir que por ese precio es un chollo.

Desde que entramos, hace ya cuatro años, se han hecho las siguientes mínimas e imprescindibles reformas:

- Instalación de teléfono y barra de ducha. No por porque nos apeteciera renovarlas, sino porque cuando llegamos no había ninguna de las dos cosas.
- Instalación del cristal de una de las ventanas de mi habitación, que seguramente rompió el pintor al darle una mano de pintura al estucado antes de poner el piso en alquiler de nuevo.
- Desmontaje de las persianas de libro del balcón, que se habían quedado podridas en sus goznes y parecían capaces de transmitir enfermedades ya extinguidas.
- Pintura de la barandilla del balcón, absolutamente llena de óxido. Imposible tender en el balcón junto a esa cosa.
- Cambio de la manija de dos puertas que se quedaban atrancadas.
- Cambio de la cisterna del lavabo, que se pasó dos años goteando.
- Cambio del grifo del lavamanos, que un buen día dejó de cerrar.
- Instalación de gas natural. La dueña de la finca pagaba hasta el marco de la ventana, de ahí para dentro era cosa nuestra.
- Cambio de la llave de paso de agua, que sencillamente dejó de cerrar.
- Instalación de la línea telefónica, cajetilla incluida, porque alguien la había arrancado.
- Instalación de bisagras nuevas en uno de armarios de la cocina, tras encontrarnos un día la puerta en el suelo por culpa del óxido.

No nos hemos puesto a reformar la cocina, que falta le haría. Ni a renovar el baño, que otro que tal. Nos hemos limitado a reparar lo que se caía a trozos ante nuestros ojos, o lo que podía hacernos la vida más cómoda con un mínimo gasto. Y todas y cada una de esas veces, antes de ir a la lampistería del señor Iniesta (hola, señor Iniesta) o de encarar mi enésima visita a Cofac, he llamado al administrador y le he preguntado por qué teníamos que hacernos cargo de las reparaciones, sin que sus respuestas resultaran en ningún caso convincentes.

Esa semana hemos tenido que cambiar los otros dos grifos de la casa, el de la cocina y el de la ducha, que estaban dando sus últimos estertores y amenazaban con dejarnos tiradas cualquier día de estos. 212 euros de factura. Este es nuestro nuevo grifo de cocina:



Es un gran grifo. Me ha hecho tomar una gran decisión. Puesto que lo he pagado, el día en que me vaya de este piso me lo llevo conmigo. Y mi compañera de piso se lleva el de la ducha. Y ya hablaremos del cristal, la barra, el otro grifo, los cables del teléfono, la instalación del gas y la cisterna del lavabo… Igual también nos los repartimos, a la salud de la normativa sobre el alquiler y de la propietaria de la finca. ¿Que no me atrevo? Bueno, ya veremos si me atrevo…

28 septiembre, 2008

Modelo Antifoni

Hace muchos años que tengo una lámpara de Ikea como esta:



Es el modelo Antifoni. Está muy bien. Es completamente articulable, gasta una bombilla cada dos años y es perfecta para trabajar en el ordenador. No conozco a nadie que tenga una igual, aunque seguro que el mundo está lleno de ellas, igual que está lleno de estanterías Billy y de cajoneras Ronin de color rojo como las que también tengo en casa.

El otro día, viendo un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre (sigo sin verle demasiado la gracia a esa serie) vi mi lámpara en una esquina:



Y, dos días después, observé tres más en el último capítulo de Prison Break:



Me pareció verla una vez también en Yo soy Bea, pero no dispongo de pruebas documentales y tampoco voy a buscarlas.

Le tengo un nuevo respeto a mi lámpara ahora. Quizá hasta miedo...